Realidades paralelas

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Vivir en una realidad paralela tiene sus riesgos. Mientras vives en ella puedes modificar el mundo a tu antojo, creyendo ser feliz en él a pesar de que esa felicidad es tan irreal como las bases sobre las que se asienta. Pero eso no suele importar mientras dura el autoengaño.El problema viene cuando hay que abandonar ese mundo imaginario para enfrentarse al real, corriendo el riesgo de destruir tus propios cimientos como persona. Cada vez que vuelves a la realidad desde tu mundo de fantasía, aparecen grietas en tu estructura, la que te sustenta. Al principio son pequeñas y apenas se notan. Son como las marcas que van apareciendo en la porcelana después de años de uso. Pequeñas marcas grises sobre un fondo blanco que no denotan un riesgo inminente. Pero cada vuelta a la realidad agranda esas grietas. Es como si estuvieses permanentemente en una zona de alto riesgo sísmico. Pequeñas sacudidas diarias, a veces incluso varias al día, muchas imperceptibles, pero que van debilitando poco a poco la base sobre la que te has levantado a lo largo de los años. Cada sacudida abre una nueva grieta o profundiza las que ya había, formando un entramado que recuerda a los arroyuelos que no son nada, pero que, uniéndose unos a otros forman un riachuelo, y luego un río que pacientemente erosiona el terreno por el que discurre hasta que, sin darnos cuenta, se desborda en tromba hasta alcanzar el mar, arrastrando a su paso todo lo que se encuentra. 

Así se van uniendo esas grietas, unas con otras, resquebrajando y debilitando unos cimientos que parecían sólidos pero que, poco a poco se van desmoronando hasta que, sin previo aviso, todo se viene abajo. Y ya no hay más realidad que la de la destrucción y el caos absoluto, los restos de una vida sepultados bajo toneladas de escombros que se antojan imposibles de movilizar. La esperanza de rescatar algún superviviente perdiéndose cada día que pasa para acabar enterrada junto a todo lo demás, en una tumba tan imaginaria como el mundo paralelo que provocó el fatal desenlace.

Un día cualquiera

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Ni siquiera ha sonado el despertador pero ya hace rato que abandoné los brazos de Morfeo. Últimamente parece que nuestra relación no es lo que era. Me gustaría poder darme la vuelta, cerrar los ojos y seguir durmiendo, pero sé que no lo voy a conseguir. Me bato en duelo conmigo misma en la eterna discusión entre “un ratito más” y “luego te quejas de que se te va el día sin haberlo aprovechado”. Hoy ha ganado mi yo más activo, aunque me levanto con un mal presentimiento. 

Aprovecho la mañana para dejar comida hecha para la mayor parte de la semana. Lo de no llegar a casa antes de las 21.30 limita mis menús, sobre todos los nocturnos. Tampoco es que los diurnos sean un banquete; cuando tienes que comer a  12.30 sin apenas hambre… Pero claro, van a ser diez horas sin probar bocado así que aunque sea a la fuerza algo hay que meterse entre pecho y espalda. El trajín de la mañana impide que esa oscura sensacion se apodere de mí, pero según se acerca la hora de irme a trabajar, un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza. En honor a la justicia debo decir que aunque muchos días tengo ese mismo presentimiento, muchas veces no se cumple. Otras sí, pero son las que, por desgracia, pesan más en mis recuerdos.

Llego pronto al trabajo, como casi siempre. Es lo que tiene ser una agonías. Además estoy de avisos, lo que significa que si tengo alguno, debería ir a hacerlo antes de empezar la consulta, que luego la cosa se complica. Tampoco sería la primera vez que llego y tengo cuatro domicilios que visitar. De momento tengo dos, uno de ellos es alguien a quien conozco, el otro no, así que voy a buscar una consulta donde poder revisar la historia. La mía sigue ocupada por el médico de la mañana (y no parece que vaya a acabar pronto, tiene cinco o seis personas fuera esperando). Me cuelo en la de la matrona, ella hoy no está. En el aviso del paciente desconocido pone “costipado” aunque la valoración la ha hecho el que atendió el teléfono. En la historia no aparece nada reseñable, sólo que nunca viene a consulta. Quizás lo pueda resolver por teléfono, si sólo es un catarro… Hablo con el familiar y no cuenta, ni por asomo, algo que se parezca a un resfriado. Es más, no me gusta lo que cuenta: desorientación, dificultad para caminar, discurso incoherente… Y eso desde anoche a las 22h, y son las 13.45h. Le digo que voy ahora mismo. Dejo el segundo aviso para ver si lo puedo hacer a la vuelta al centro de salud, antes de las 15h que empiezo la consulta que, por cierto, está llena, los 54 huecos, lo que significa que hoy llego a los 60 pacientes fijo. Si por algo no quería levantarme esta mañana. 

Ya voy de camino al segundo domicilio. El primero ha sido rápido porque en cuento lo he visto, lo he tenido claro. De hecho, voy hablando por mi móvil con el servicio de urgencias para solicitar una ambulancia urgente. ¿Motivo? Me preguntan desde el otro lado del teléfono. Un ictus, respondo, pero no activéis el código que ya lleva más de 12 horas de evolución. La mandarán en seguida, me dicen. Menos mal. A ver si luego puedo llamar a preguntar qué ha pasado. Cuelgo justo cuando llego al portal de la segunda paciente. Salió de un ingreso de dos meses hace unas dos semanas. La situación es muy mala porque tiene una demencia muy avanzada, apenas come ya. La familia lo sabe y de hecho creíamos que no aguantaría el ingreso, pero está luchando como una jabata. Menos mal que ya no es consciente de que su marido falleció hace 20 días. Eso sí nos pilló por sorpresa. Se lo llevó una neumonía. Pobrecito, y pobre su hija que no tiene tiempo ni para llorarle porque su madre requiere toda su atención. Cuando me abre la puerta me dice que está muy mala, que desde ayer ni come ni bebe y hoy no responde. Según entró en el cuarto, no me quedan dudas. Aun así, le cojo la mano y hablo con ella. La explico que voy a auscultarla y tomarle la tensión. No responde al tacto y respira muy erráticamente. Justo llega su hijo. Hablo con ellos e intento ser suave aunque clara: no creo que aguante hasta mañana. Ella quiere que se quede en casa hasta el final, él no lo tiene claro. Intento mediar y explicarles, desde mi experiencia, lo que creo mejor para ellos y, sobre todo, para la paciente. De momento se queda en casa. Les explico cómo hacer que esté lo más cómoda posible. Llamaré a media tarde para ver qué tal y les dejo un teléfono directo por si necesitan cualquier cosa. Me pasaré al final de la consulta de todas formas. 

Al llegar al centro de salud veo que ya son las 15.15h o, lo que es lo mismo, que ya voy con retraso antes de empezar. Además ya tengo citadas dos urgencias de clavo. Cómo me duele la cabeza, y debería ir al baño pero me agobia tener gente esperando así que empiezo sin más. Los primeros son “fáciles”, sólo algunas revisiones de pacientes de baja. Pero la cosa se va complicando. Ya llevo más de una hora de retraso y, cada vez que salgo a nombrar tengo que explicar que llevo mucho retraso y que por favor tengan paciencia. Por suerte la mayoría la tiene, y son comprensivos, pero otros no hacen más que protestar cada vez que salgo lo que no hace sino retrasarme más. Tengo la garganta seca pero no bebo porque si bebo tengo que ir al baño, y no tengo tiempo. 

Son las 17.30 y sigo con casi hora y media de retraso. A las 18.30 y hasta las 19h tenemos un descanso de 30 min, en teoría para tomar un café y tal… Rara vez lo uso, alguna tarde salgo 10 min de la consulta par despejarme y bajar al aseo, pero la mayoría de las veces me sirve para poder acortar el retraso que llevo. Justo estoy pensando en eso cuando suena el teléfono de la consulta. El corazón me da un vuelco por si es otro aviso. Y lo es. De un paciente de otro centro pero que, por zona, nos corresponde a nosotros. Me pasan a la persona que llama. Es el padre. Su hija lleva 72h sentada en la cama, mirando a la pared, sin comer, sin beber, sin hablar y sin moverse. No pueden llevarla al hospital ni les dice qué le pasa. Están muy asustados. En las últimos 48h tres médicos han hablado con ellos por teléfono y les han dicho que la tienen que convencer para ir al hospital. Ella no se quiere poner al teléfono. Les digo que estoy en mitad de la consulta y que iré en cuanto pueda. Están muy angustiados pero lo entienden. Cuelgo y sigo pasando la consulta disculpándome por tercera vez con el paciente que ya estaba en la consulta y al que había dejado con la palabra en la boca. 

No dejo de pensar en el último aviso. Son las 19.30 y todavía no he ido. El colchón de media hora me ha servido de poco. Sigo con 30 min de retraso. Me huelo que voy a tener que tramitar un traslado involuntario, y eso me produce mucha ansiedad. Es muy desagradable, para todos. Así que, a pesar de tener a 7 personas eso la sala de espera, cojo el abrigo y les digo que tiene que seguir esperando, que me tengo que ir a un domicilio urgente. Unos protestan, otros se resignan y otro me mira enfadado y se va. Siento de verdad irme así pero no tengo fuerzas para dar más explicaciones. 

En el domicilio los padres de la chica están muy preocupados. Los dos pasan de los 80 años y no saben qué hacer. Cuando entro al cuarto ella se aferra con las dos manos al cabecero, pero no me mira. Ni me habla. Hablo con ella, bueno, ella escucha (o eso creo) durante 20 minutos, con la mente divida entre ella y las personas que dejé en la consulta. Le explico lo del traslado forzoso. No hay reacción. No puedo hacer más, me temo. Tengo que explicárselo a la familia y también hablar con la comisión porque hay que cumplimentar un protocolo en estos casos. Llegados a este punto sólo pienso en cuánto retraso voy a llevar cuando llegue. Y en que no he llamado a la paciente del segundo aviso. 

Llego casi corriendo al centro de salud y me meto de nuevo a la consulta. Podría haber aprovechado para ir al baño, total, por dos minutos más… pero en ese momento ni se me ocurre. Sigo viendo pacientes, sólo dos se han ido, aunque hay citada otra urgencia. Aprovecho que uno de esos pacientes es un habitual de los más majos para llamar y solicitar el traslado forzoso. Vale, todo correcto pero hasta que no recibamos el Fax no se puede dar la orden. Bueno, sólo me quedan dos pacientes fuera, así que ya me espero a bajar para poder mandarlo, aunque no dejo de pensar en el tiempo que lleva esa familia esperando. 

Por fin la sala de espera vacía. Son las 20.40 y bajo a mandar al FAX. Al menos sé que ya no me puede salir otro aviso. Compruebo el OK y subo a recoger para irme al domicilio de la paciente que vive al mediodía. Pero antes llamo de nuevo a la comisión para asegurarme de que han recibido el fax. Todo en orden y la ambulancia en camino. Menos mal. Ya son las 21h y, en teoría, mi jornada ha terminado. Aunque hoy parece que nunca se acabe. 

En el domicilio todo sigue igual. La paciente está muy tranquila. No tiene dolor ni está agitada. Han decidido que se quede en casa. Intento hacer refuerzo positivo de la decisión y explico qué hacer si hay fiebre, o se queja… y también los pasos a seguir si el desenlace ocurre durante la madrugada. Es lo único que puedo hacer, intentar que todo sea lo más fácil posible. Me despido de los hijos y de ella. Le cojo la mano y le acaricio la mejilla pero no hay respuesta ninguna, aunque parece que en esos momentos la respiración es una poco menos agónica. Creo que son imaginaciones mías.  Ya en el coche noto que me va a explotar la cabeza, o la vejiga, o ambas; pero antes de arrancar, vuelvo a llamar a urgencias. Les extraña que un médico de familia llame a esas horas. Es sólo para avisar de que si llaman de ese domicilio, el fallecimiento es esperado y quizás así sea más fácil para la familia y para los compañeros que vayan a verla sin saber de qué va todo. 

Es más allá de la una y media de la madrugada. Estoy agotada pero no concilio el sueño. Mi cabeza es un hervidero de cosas, recuerdos y datos. Me preocupan los pacientes que derivé a urgencias. Me pregunto si la paciente habrá descansado por fin. Y sobre todo me preocupa que, por ir tan rápido, por no tener tiempo para analizar las cosas, se me haya pasado algo, algo importante. Quizás mañana pueda revisar los pacientes que vi hoy, si tengo tiempo. Aunque la agenda ya estaba llena para mañana. Quizás si no salen avisos ni muchas urgencias, y si voy un poco antes de mi hora… Ya veremos. Mañana será otro día. Un día cualquiera.

Midnight customers / Clientes de medianoche

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It’s hard to identify the sound coming from the speakers. She thinks she can recognize the melody but she is not sure because the quality is really bad. It’s coming from far away, as the sound had to travel miles through hills and desert valleys… and it might have to. Besides, the continuous click of a fluorescent lamp switching on and off in an infinite loop impedes to follow the rhythm of the song. Although it could even be part of it. Usually that kind of things disturbs her but it has been broken for so long that she would almost miss it if it was fixed. It’s late and the shop will be closed soon. Just a few customers left and a couple of workers: the checker and the storekeeper. They are all the same people, the same faces week after week. Familiar faces of strange people, with unknown names and lives she knows nothing about, with whom she has barely exchanged a couple of words for months but there are always complicity gestures, almost imperceptible: a tiny movement of the head, a half smile… It’s the greeting of those who could be called “midnight customers”, those who wander across almost desert aisles, with artificial lights to guide their ways through distant sounds they believe to recognize, rambling among soulless shelves with empty spaces that should be full of sales and promotions but instead, you find products out of their designated places because somebody has abandoned them in the last moment. They are, somehow, like those customers, renegades from society, those who have no other moment to do the shopping but at the very end of the day, those who buy individual products instead of the feared “family pack”; those who, by choice or necessity, live in different hours of those stablished by rules, those who dwell in society margins and neither know or want to return to the confines of social life.

It’s really cold in the frozen section. She takes what she needs or what she thinks she needs. For a thousandth time she has forgotten the shopping list on op of the kitchen table, so she buys from memory although she will surely be missing something when she gets home. And talking about missing, she realizes it’s been a few weeks since she met Mr. Frozen for the last time. It’s just a nickname, of course, because she doesn’t know his name but she always meets him in the frozen aisle. He is a middle aged man, with a leisurely attitude, nice and thick hair of which many would be jealous, impeccably brushed, starting to turn into light grey. He is neither tall nor small, and he seems to be in good shape. He never takes a trolley but one of those metallic baskets that, as soon as you put two or three things inside, they are heavy as hell. He always seems to be calm and relaxed, with a face of affability and kindness that inspires tenderness, and the wrinkles around his eyes and mouth makes you think he is, probably, prone to laugh. She cannot remember if they have ever spoken. She reckons they haven’t, but week after week they met at the supermarket, making that tedious task a bit lighter. But she hasn’t met him for a while and now she wonders where he can be. Will he have succumbed to the pressures of society and now he does the shopping in regular hours? Or maybe he has decided to shop in another supermarket. Will he have moved to another suburb or even city? There were also other possibilities more catastrophist and darker: illness or accidents with a fatal outcome. A shiver runs through her spine and it’s not due to the icy temperatures of the frozen section. She tries to cast aside those thoughts since she has no way to figure out what has happened. She cannot ask about him to anyone, she doesn’t know his name and she believes none of the workers will have noticed him; in the end, hundreds of people do the shopping there every day. It is funny how sometimes, we miss the most the things we don’t have instead of what we once had and lost.

She keeps on going through the aisles trying to remember what she had written on the list, but it is hard. Her thoughts go back over and over to the same thing. So she decides to keep what she already has and turns to the till just as the speakers remind that only 10 minutes are left until closing time. Or that is what she interprets because she doesn’t understand the message. She never does, actually, she just guesses what they say. And in that very moment is when she sees him. He is finishing paying at the till. He looks like always. The same smile, the same kind and friendly face. Her relief is so deep that she even feels ashamed. His gaze meets hers and Mr. Frozen makes a movement with his eyebrows as he recognises her. She nods but there are no words. He picks up his shopping bags and goes away. She puts her stuff on the till and is welcomed with a “good evening” from the checker to whom she replies in the same way. She puts her shopping in the bags and turns to the parking lot where only a few cars remain, looking like small boats in a harbour in a dark concrete sea; boats that will take them to the remote island their homes are. The solitary islands of the castaways of society, the solitary homes of the midnight customers.

Thanks Isabel for your help.

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Apenas se distingue el sonido que llega por los altavoces. Cree reconocer la melodía pero no está segura porque la calidad es muy mala, se oye en la distancia, como si tuviera que viajar kilómetros a través de colinas y valles desiertos… y quizás sea así. Además, el continuo click de un fluorescente que se enciende y apaga en un bucle infinito impide seguir el ritmo de la canción. Aunque casi podría formar parte de ella. Normalmente ese tipo de cosas le molestan pero lleva tanto tiempo estropeado que casi lo echaría de menos si lo arreglaran. Es tarde y falta poco para que cierren la tienda. Apenas unos pocos clientes quedan ya, y solo un par de empleados: la cajera y un reponedor. Son todos los mismos de siempre, las mismas caras semana tras semana. Caras conocidas de personas ajenas, con vidas de las que no sabe nada, con nombres que desconoce, con los que apenas ha cruzado alguna palabra suelta durante meses pero con los que siempre existen gestos de complicidad apenas perceptibles: un ligero movimiento de cabeza, una medio sonrisa… Es el saludo de lo que podría llamarse “clientes de medianoche”, aquellos que vagan por pasillos casi desiertos, con luces artificiales que guían sus pasos entre sonidos distantes que creen reconocer, deambulando entre estanterías desangeladas con espacios vacíos que deberían estar plagados de ofertas y promociones en los que, sin embargo, se encuentran productos fuera del lugar asignado porque alguien los ha abandonado en el último momento. Son un poco como los propios clientes, los renegados de la sociedad, los que no tienen otro momento para comprar más que el mismo final del día, los que compran productos individuales en lugar de los temidos “pack familiares”, los que por necesidad o por gusto viven en un horario distinto al que marcan las normas, los que habitan al margen de la sociedad y no saben ni quieren retornar a los confines de la misma.

Hace mucho frío en el pasillo de los refrigerados. Coge lo que necesita, o lo que cree que necesita. Por enésima vez ha olvidado la lista de la compra en la encimera de la cocina, así que compra de memoria aunque seguramente habrá alguna cosa que echará en falta al llegar a casa. Y hablando de echar en falta, se da cuenta de que hace varias semanas que no se encuentra con Mr. Frozen. Es un apodo cariñoso, por supuesto, porque no conoce su nombre pero siempre se lo encontraba en el pasillo de los congelados. Es un señor de mediana edad, de actitud pausada, con una mata de pelo que ya quisieran muchos, impecablemente peinada, que ya empieza a virar hacia el gris claro. No es muy alto pero tampoco es bajito y parece mantenerse en forma. Nunca lleva carro sino una cesta de esas de metal que en cuento metes dos o tres cosas pesan como un demonio. Siempre parece tranquilo y relajado, con un semblante de afabilidad y bonanza que inspiraba cierta ternura, y las arrugas en torno a ojos y boca hacían creer que es, probablemente, de risa fácil. No recordaba si habían hablado alguna vez, creía que no, pero semana tras semana se encontraban en el supermercado haciendo la tan tediosa tarea un poco más amable. Pero hace tiempo que no le ve y se pregunta dónde podría estar. ¿Habrá sucumbido a las presiones de la sociedad y ahora compra en otros horarios? ¿O quizás ha decidido comprar en otra tienda?¿Habrá cambiado de barrio o incluso de ciudad? También cabían otras posibilidades más oscuras y catastrofistas: enfermedades o accidentes con fatal desenlace. Un escalofrío le recorre la espalda y no es por las gélidas temperaturas de la sección de congelados. Intenta desechar esos pensamientos ya que tampoco tiene forma de averiguar qué ha pasado realmente. No puede preguntar a nadie por él, ni siquiera conoce su nombre y no cree que ninguno de los empleados se haya fijado en él; al fin y al cabo, por allí pasan cientos de personas a diario. Resulta curioso cómo a veces echamos más de menos aquello que no tenemos que lo que una vez tuvimos y perdimos.

Sigue recorriendo los pasillos intentando recordar qué había anotado en la lista, pero se le hace difícil. Sus pensamientos vuelven una y otra vez a lo mismo. Así que decide quedarse con lo que ya tiene y dirigirse a la caja justo en el momento en el que, por megafonía recuerdan que quedan 10 minutos para el cierre. O eso es lo que interpreta porque no entiende el mensaje. Nunca los entiende, la verdad, sólo adivina qué pueden estar diciendo. Y es justo en ese momento cuando le ve. Está terminando de pagar en caja. Está igual que siempre, no parece más delgado, ni enfermo. La misma sonrisa, la misma cara amable y bonachona. Siente un profundo alivio que hasta le hace sentirse algo avergonzada. Cruzan las miradas y Mr. Frozen hace un gesto de reconocimiento con la cejas. Ella asiente con la cabeza pero no hay palabras de por medio. Él recoge su compra y se aleja. Ella coloca su compra en la cinta y recibe un “Buenas noches” de la cajera al que responde de igual manera. Mete las cosas en la bolsa y se dirige al parking donde apenas unos pocos coches quedan ya, como pequeñas barcas en un puerto de un mar de oscuro cemento; las barcas que les llevarán a las islas remotas que son sus hogares. Las islas solitarias de los naúfragos de la sociedad, los hogares solitarios de los clientes de medianoche.

Young

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She felt old, vey old inside. Especially when people said to her “You are so young!” Young… for what? Young to feel empty? Young to know what desperation is? Young to know suffering? Young to have a broken heart? 

She might have a young face, fresh, a soft and smooth skin, with no wrinkles around her eyes. But her heart was dry and cracked, creased as a piece of paper where someone tried to write something that never was finished, something that was rejected for being inappropriate and it was reduce to crabbed wad of paper, left alone in corner waiting for time and oblivion to do their job.

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Se sentía vieja, muy vieja por dentro. Especialmente cuando la gente le decía “¡Eres tan joven!” Joven… ¿para qué? ¿Joven para sentirse vacía? ¿Joven para saber lo que es la desesperación? ¿Joven para conocer el sufrimiento? ¿Joven para tener el corazón roto?
Puede que tuviera un rostro joven y fresco, de piel suave y tersa, sin arrugas alrededor de sus ojos.

 Pero su corazón estaba seco y agrietado, arrugado como un trozo de papel sobre el que alguien ha escrito algo que nunca fue terminado, que fue rechazado por inapropiado y que redujo a una enmarañada bola de papel, abandonado en un rincón esperando que el tiempo y el olvido hagan su trabajo.

The tall grass

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She was laying there, hidden in the tall grass, looking up to the sky. It was almost the end of the summer, the earth was still warm, the grass changing to golden. The fresh breeze moved it around her like she was being caressed by a familiar hand. The scent of the dry hay bringing back memories of her childhoo: those summers she used to help her grandfather to cut the grass for the cattle. That was a long long time ago. She was happy then, she had the whole world to discover. She wished she could go back the. When everything was new and exciting. Life wasn’t so appealing anymore. Only from time to time something would happen, something thrilling and unexpected; something she would keep in her heart as a treasure to bring some light during the darkest moments. 

Her back on the ground, her arms along her still body feeling the sun on her skin. She smiled when she saw the white cloud across the sky. It looked like a little bird, a sparrow… a robin maybe? It seemed to be so free, flying far away from there. No limits or obstacles could stop its journey. She felt somehow jealous. She wondered how would it feel to be that free. No bonds, no chains. Those invisible chains we create to shackle ourselves. Those mighty chains that cannot be destroy or unfastened by anyone but ourselves. But most of us are too scared to even try because what if we manage to brake the ties? What if we free ourselves? What if we really become architects of our own fate? 

The cloud changed its form slowly until it disappeared completely into the bright blue the same way her momentary hopes of a bright future disappeared into the darkness of her gloomy thoughts. So she stayed there, still, hidden in the tall grass making the most of it while it was still sunny for much more grey days were about to come. 

  

I am not

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I guess I wasn’t meant for this world, for this life. I have got a far too idealistic view of what life should be. I have got no ambition. I don’t know what success mean and, what is more, I don’t want to. I am not made to fulfill this world expectations. What is important for them is meaningless for me; and what’s important for me, it’s just a nonsense for them. I am not who they think I am. I am expected to do things I cannot do, to think things I cannot think, to feel things I cannot feel. I am not made to be the person they want me to be. It doesn’t matter where they put me because I’ll be always out of place. And I get tired, tired of trying to make them understand, tired of fighting them back. I am so very tired.  I am not made of stainless steel, all shinny and indestructible. I don’t even know what I am made of, but I do know that it is messy, heavy and light at the same time, simple and unsophisticated, solid and resistant. But also I can be torn apart when you least expect it, with the most insignificant of blows.

I am sorry to disappoint but I cannot help being how I am.

Dry

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She was too normal to be noticed, and too different to be loved. Always alone in the middle of the crowd, always in company of her inner self. Wandering around the streets of the big city, always with a clear and precise destination in her mind. Her head up defying the world but hiding from the reality that surrounded her behind a face with a visage it wasn’t hers; looking without seeing; smiling without joy; crying without tears. She lived in a world she had created for herself for she didn’t like the real one; but, at the same time, she longed to be able to live in it, to be part of it. She was capable of adapt to almost everything and yet she seemed to be always out of place. Those around her seemed to know her, to guess what she thought, even how she felt; but none of them understood her. Was it her fault or their fault? Did it make any difference at all? Time went by, life ran its course, but she felt that the world spun more and more slowly, that time didn’t go forward but twisted around itself into an endless loop in which every day was the same, except for one thing: her soul was a bit smaller every day, her heart was a bit drier, more fragile, like a leaf at the end of the autumn, when it gets so dry that the softest breeze can tear it apart. She was just waiting for that windy day.

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Era demasiado normal para que la tuvieran en cuenta, y demasiado diferente para ser amada. Siempre sola en mitad de la muchedumbre, siempre en compañía de su verdadero yo. Deambulando por las calles de la gran ciudad siempre con un destino claro y preciso. Con la cabeza alta, desafiando al mundo pero escondiéndose de la realidad que la rodeaba tras una cara con un rostro que no era el suyo, mirando sin ver, sonriendo sin alegría, llorando sin lágrimas. Vivía en un mundo que había creado para sí misma porque el de verdad no le gustaba, y al mismo tiempo anhelaba ser capaz de vivir en él, formar parte de él. Era capaz de adaptarse a casi todo y aún así siempre parecía estar fuera de lugar. Los que la rodeaban parecían conocerla, saber lo que pensaba e incluso cómo se sentía, pero nadie la comprendía. ¿Era culpa de ella o de los demás?¿Acaso suponía alguna diferencia? El tiempo pasaba, la vida seguía su curso, pero ella sentía que el mundo giraba cada vez mas despacio, que el tiempo ya no avanzaba sino que se retorcía sobre sí mismo en un bucle sin fin en el que todos los días era iguales, excepto por una cosa: su alma cada día era un poco más pequeña, su corazón cada día un poco más seco, más frágil, como una hoja al final del otoño cuando hasta la más suave de las brisas s capaz de desgarrarla en pedazos. Sólo estaba esperando a ese día de viento.

What difference does it makes?

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Is today different from the Wednesday one week ago? I don’t think so. The weather might be different, the things you are doing might be slightly different, but, the whole thing, the important thing, is the same. You are the same. So, why is everybody so crazy about a new year? New year resolutions are one of the most ridiculous things I’ve ever heard about. Nobody keeps them. Eat better, do more exercise, work less, give up smoking, healthier lifestyle… and what for? To go through other 356 days in order to reach a new year so you can make more resolutions you won’t keep? Good luck, then! I’m busy enough trying to remember to write down the date right (I am still writing 2014 in every single paper). And I hate when people ask me about it. I flatly refuse to make a resolution for this or any other new year. Doesn’t that sound like a resolution itself? Anyway, if I made one, it would be to stop trying to understand what is in people’s heads. But I know I wouldn’t keep it since solving mysteries is part of my nature and it remains a mystery to me how people can behave they way they do. Their lack of responsability and common sense (which, apparently, is the less common of all senses), their disinterest and carelessness just shocks me so very much that, in some way, it intrigues me! You see? Nothing has changed from last year: I am still a naive confused woman and people are still mindless. So, let’s toast for this fake new year and all the changes that won’t happen!

Happy New Year to you all!

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¿Es hoy diferente al miércoles de hace una semana? No lo creo. Puede que el tiempo sea diferente, que las cosas que estés haciendo sean ligeramente diferentes, pero en general, en lo que de verdad importa, es lo mismo. Tú eres el mismo. Así que, ¿por qué se vuelve loco todo el mundo con el nuevo año? Los propósito de año nuevo son la cosa más ridícula que he oído en mi vida. Nadie los cumple. Comer mejor, hacer más ejercicio, trabajar menos, dejar de fumar, una vida más saludable… ¿Y para qué? ¿Para poder vivir otros 365 días y llegar al nuevo año para poder hacerte más propósitos que no vas a cumplir? Buena suerte con eso. Yo tengo bastante con intentar recordar escribir la fecha correctamente (sigo poniendo 2014 en todas partes). Y odio que la gente me lo pregunte. Me niego rotundamente a hacerme ningún propósito para este o cualquier otro año nuevo. ¿No suena eso a un propósito en sí mismo? Da igual. Y en el caso de que me hiciera uno, sería el de dejar de intentar entender qué le pasa a la gente por la cabeza. Pero sé que no lo cumpliría porque resolver misterios es parte de mi naturaleza, y para mí sigue siendo un misterio cómo la gente puede comportarse de la forma en que lo hace. Su falta de responsabilidad y sentido común (que, aparentemente, es el menos común de los sentidos), su desinterés y despreocupación me impacta tantísimo que, de cierta forma, me intriga. ¿Lo veis? Nada ha cambiado desde el año pasado: yo sigo siendo una ingenua y confusa mujer y a la gente le da todo  igual. Así que, vamos a brindar por este falso año nuevo y todos los cambios que no ocurrirán.

¡Feliz Año Nuevo!

The Beast / La Bestia

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 May the morning come soon, may the sun rise up quickly. Because I am afraid. I am scared of the darkness looming over me tonight. I am terrified of the monster I know is waiting crouched down for the last rays of light to disappear. Hidden in the blackness, it patiently waits for the shadows to grow and grow until they cover everything. It is a cruel, ruthless, big and strong beast, capable to destroy everything in its way. Its claws are long and sharp as blades that pierce the flesh without any effort, the prey almost doesn’t notice it until is too late, until they have already reached the heart and then, slowly, almost with delicacy, cause a fatal wound so it bleeds little by little, so life leaks from every crack like the time slips through your fingers unnoticed, drop by drop, second by second. Its jaws  are powerful as pliers, enclosing your neck, tighter and tighter, impeding you from breathing, taken your breath away until your chest is burning and the fight for air is so painful that it’s easier to give up. Its saliva is as thick and black as bitumen. It seeps through every chink to get to the deepest part of your blood, your mind, your inner self. It poisons everything, taints even the last drop, the last cell of your body. And you are not you anymore.

 That is why I want the morning to come soon, the sun to rise up quickly. Because I don’t want it to caught me, I don’t want to fall prey of it. I know it is stalking me, I can feel it.

 They tell me to not be afraid, that monsters don’t exist, they are only tales. But I know it’s not true, I know the beast exists. Because I have seen it, I have seen it with my own eyes, face to face. I know it is real because I am that beast.

 May the morning come soon, may the sun rise up quickly. Because I am scared of myself.

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 Que llegue pronto la mañana, que salga pronto el sol. Porque tengo miedo. Tengo miedo de la oscuridad que se cierne sobre mí esta noche. Me aterra el monstruo que sé que espera agazapado a que los últimos rayos de luz desaparezcan. Escondido entre las tinieblas espera paciente a que las sombras crezcan y crezcan hasta ocuparlo todo. Es una bestia cruel, despiadada, grande y fuerte, capaz de destrozarlo todo a su paso. Tiene garras largas y afiladas como cuchillas que penetran en la carne sin esfuerzo, casi sin que la presa lo note hasta que ya es demasiado tarde, hasta que casi han llegado a su corazón, y entonces, despacio, casi con mimo, lo hieren de muerte, para que se desangre poco a poco, para que la vida se escape por sus grietas como se escapa el tiempo entre nuestras manos casi inadvertido, gota a gota, segundo a segundo. Sus fauces, poderosas como tenazas que rodean tu garganta, apretando y apretando, impidiéndote respirar, robándote el aliento hasta que el pecho te arde, y la lucha por respirar es tan dolorosa que es más fácil darse por vencido. Su saliva es espesa y negra como el alquitrán. Se cuela por cada resquicio que encuentra para introducirse hasta lo más profundo de tu sangre, de tu mente, de tu ser. Y lo envenena todo, corrompe hasta la última gota, hasta la última célula de tu cuerpo. Y tú ya no eres tú.

 Por eso quiero que llegue pronto la mañana, que salga pronto el sol. Porque no quiero que me atrape, no quiero que la bestia haga presa de mí. Sé que está acechándome, puedo sentirla.

 Me dicen que no tenga miedo, que los monstruos no existen, que sólo son cuentos. Pero yo sé que no es verdad, yo sé que la bestia existe. Porque yo la he visto, la he visto con mis propios ojos, frente a frente. Sé que es real porque esa bestia soy yo.

 Que llegue pronto la mañana, que salga pronto el sol. Porque tengo miedo de mí.

Coward

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Here I am, sitting in the shadows, trying to keep myself hidden. You cannot see me, but I do. I cannot hear you but I look at you while you speak. The warmth of your words crashing into the cold morning breeze and turning into a light white cloud that, dancing around your head, slowly vanishes into the air. Oh, if I could just breathe in that tiny little part of you, to be closer to you. But I am a coward, I don’t dare to say how I feel. So I stay here in the shadows, hoping you will notice, fearing you will notice.