Viaje a Gales (última parte)

Etiquetas

, , , , , , ,

30/6/2017

Hoy es el último día del coche. El desayuno ha sido genial porque nos lo ha preparado el assistant manager de la posada/pub que era un chicombre (dícese de la persona a la que llamar chico parece que se queda corto, pero hombre parece que es demasiado) encantador y estaba muy rico! Luego hemos ido a visitar el castillo del pueblo, Chepstow, que es espectacular. Y de ahí a la Abadía Tintern que es una de las más famosas (por no decir la más famosa) de Gales. Pero claro, el GPS a lo suyo, venga a recalcular ruta, y a perder señal GPS y… grrrr!!!! Qué ganas de deshacernos de él! Nos ha perdido hasta el último minuto, ya para despedirse por todo lo alto, cuando hemos puesto la dirección de la oficina de alquiler para devolver el coche… Nos ha vuelto a llevar al mismo rincón perdido que nos llevó nada más coger el coche al salir del aeropuerto. Al final lo hemos conseguido por nuestros propios medios y hemos llegado a tiempo para devolver el coche. ¡Hasta nunca cacharro del demonio!!

Y aunque la experiencia ha sido interesante, la verdad es que teníamos ganas de dejar el coche. Nos hemos estado quejando de las carreteras secundarias (por llamarles algo) pero son casi peor las autovías y las rotondas que no son redondas sino elípticas, con múltiples carriles en los que, si no te pones en el correcto desde el primer momento luego no puedes salir, y eso siempre que no tengas una rotonda dentro de otra rotonda. De hecho, hemos tenido que recorrer varias millas por la autovía en sentido contrario por no haber podido hacer la rotonda correctamente la primera vez. Y en un pequeño contratiempo casi tenemos un golpe, ¡justo en el último momento! Pero bueno, ha quedado todo en un susto.

Y para susto, la forma de conducir del taxista que nos ha llevado del aeropuerto al hotel. Madre mía, si llega a ser el primer día, yo me niego a coger el coche después. Qué manera de acelerar, de coger las curvas y meterse en las rotondas, de adelantar por el carril bus… Ra y yo íbamos con las uñas clavadas en las palmas de las manos.

Pero hemos llegado sanas y salvas al hotel que encima es una preciosidad (típica casa victoriana reformada en un barrio residencial de Cardiff). Hemos cenado en italiano que regentan tres sicilianos jóvenes donde la comida estaba deliciosa y donde nos hemos puesto un poquito “merry” como dicen por aquí, con el vino blanco. Menos mal que el hotel está a 5 minutos andando y podemos meternos en la cama directas.

01/07/2017

Hoy nos levantamos relativamente temprano porque lo primero que queremos hacer es ir a visitar la Doctor Who Experience (eso lo ha hecho Ra en mi honor), y ha sido una pasada! Incluso Raquel que no lo sigue se lo ha pasado bomba porque la primera parte es muy interactiva, paseando por el interior de la Tardis, luchando contra los Daleks y los Weeping Angels… Y luego el museo donde hay cantidad de cosas locas, las vestimentas, los personajes… Yo creo que merece mucho la pena (siempre y cuando conozcas algo, por poco que sea).

Como además está en la zona de la bahía, hemos aprovechado para cruzar toda la bahía por el “barrage” que aísla la bahía de Cardiff porque la idea era coger un autobús acuático para volver al centro de la ciudad y poder visitar el castillo, todo eso según la info que teníamos de los panfletos de la propia ciudad. Craso error porque sólo nos llevó de vuelta al otro lado de la bahía, donde está la Doctor Who Experience así que hemos tenido que coger un autobús normal que nos ha llevado directo al castillo.

Y allí es donde hemos tenido nuestro “fiasco” que siempre suele ocurrir en estos viajes, ese típico momento en el que sientes que te han tomado el pelo o que no deberías haber hecho esto o lo otro. ¿Por qué? Pues llegamos al castillo y el patio está lleno de tiendas de campaña de tipo medieval, gente disfrazada y montones de familias con niños pequeños porque resulta que ese fin de semana había una justa medieval y no se podía ver el castillo si no se pagaba la entrada completa incluyendo la justa, y encima había que pagar un extra por ver la casa gótica. A nosotras la justa nos daba igual pero como queríamos ver el castillo hemos pasado por el aro. Como la visita es guiada y tenemos una hora por delante, decidimos comer algo en la cafetería del castillo. Crasísimo error. Ponía que había sopa de tomate con pan así que lo pedimos pero nos sirven una taza de tomate triturado con pimienta sin pan ni nada que es una bomba para el estómago y aunque nos cobran un tercio de lo que en teoría costaba, al final dejamos la mitad porque está malísima. Nos vamos entonces a ver la casa gótica que es espectacular, y el resto del castillo. Como acabamos pronto y va a empezar la justa, aunque no tenemos especial interés, decidimos quedarnos ya que hemos pagado por ello. ¡Magnífico acierto! Los actores son absolutamente geniales, fue súper divertido y había uno de los escuderos, Mungo, que era un auténtico crack. Al final nos lo pasamos estupendamente y nos quedamos hasta el final de la justa.

Después ya nos vamos a recorrer las callejuelas del centro, a hacer las últimas compras, no sin encontrarnos decenas de despedidas de soltero/a. ¿Pero qué le pasa a esta gente? Hemos visto cantidad de despedidas y de bodas por todas partes!

Ya nos fuimos al hotel a ducharnos y a prepararnos para cenar. Pero resulta que como está un poco apartado del centro, ahí varios restaurantes y pubs cerca pero están todos hasta las trancas. Parece que hay un festival de verano en un parque cercano y está todo lleno. Nos debatimos entre qué hacer y al final nos acercamos al italiano de la noche anterior que está lleno, pero los chicos son tan majos que nos dicen que en media hora nos pueden hacer un hueco, así que, aunque estamos exhaustas de andar para arriba y para abajo, volvemos en media hora para comer (estábamos famélicas) y luego derechitas a la cama que estamos reventadas.

02/07/2017

Hoy es la despedida de Gales. Hemos pedido un taxi al aeropuerto para llegar con tiempo porque no hemos podido hacer el check in on line. Nos toca el taxista hablador aunque como son unos 25 minutos al aeropuerto acaba por cansarse de hablar y no obtener más que monosílabos por respuesta.

Pasamos los controles de seguridad, todo bien hasta que nos damos cuenta de que el avión de vuelta está lleno de fans de Justin Bebier (parece que el viernes dio un concierto en Cardiff). Menudo broche de oro. En algún momento del vuelo hasta la azafata les tiene que llamar la atención para que bajen el volumen de los videos que grabaron en el concierto y que no hacen más que reproducir y reproducir. Qué pesadilla.

Pero lo mejor está por llegar. El aterrizaje es horroroso. En teoría el tiempo era espectacular, no había viento… pero el avión pega unos bandazos tremendos. Hay una señora que no para de rezar, otra chica que respira en la bolsa de papel, y a Ra le da un ataque de risa nerviosa de ver el percal. Por fin tocamos tierra pero se nos hace más largo que un día sin pan.

Y volvemos a casa. Han sido unos días espectaculares y le hemos pasado genial. Hemos disfrutado de cada momento y, aunque las expectativas eran muy altas porque teníamos muchas ganas de ir, han sido cumplidas y requete-cumplidas con creces. El país es maravilloso y los galeses son absolutamente encantadores, todas y cada una de las personas con las que nos hemos cruzado han sido increíblemente amables, divertidas y abiertas. Gales se ha ganado de sobra un hueco en mi corazón y ya tengo ganas de volver aunque no haga ni un mes que he estado. Gracias Gales por todo.

Da bor chi! (creo que se dice así)

image1

 

Anuncios

Viaje a Gales (V)

Etiquetas

, , , , , , , ,

 

27/6/2017

Ya empezamos con líos con el navegador desde bien tempranito. Debe ser que amenaza lluvia y se está poniendo nervioso pero por el momento nos vamos librando y nos vamos apañando para encontrar los sitios.

Las cosas no salen como teníamos planeado aunque tampoco nos podemos quejar. Visitamos Llangollen con la preciosa casa Plas Newydd donde nos tomamos una buenísima sopa de verduras en los antiguos establos de la casa. Allí teníamos pensado coger unos botes que pasan por los canales pero sólo podemos coger uno que es tirado por un caballo percheron y damos una vuelta de 45 minutos. Eso sí, hacemos el tonto con el parking porque le ponemos dinero para todo el día pero cuando nos damos cuenta, resulta que la hora de pagar acaba a las 17h y eran las 16h cuando lo hemos puesto. A ver cuándo aprendemos!

Después visitamos una abadía en ruinas y de allí a Bala, a visitar el mayor lago de Gales. El problema llega cuando tenemos que buscar el B&B porque la dirección que ponemos en el navegador nos lleva hasta un pueblecito donde se termina la carretera. Damos la vuelta y seguimos hacia delante pero el navegador nos sigue indicando lo mismo. Decidimos usar el móvil y nos vuelve a mandar al mismo sitio que nos mandó el GPS. La única opción que nos queda es un camino rural lleno de barro con el que nos encontramos otro coche de frente y tenemos que dar la vuelta… Hasta que al final, mientras dábamos la vuelta por tercera vez en el mismo sitio, me fijo que la última casita del pueblo tiene un cartelito con el nombre del hotel, así que por una vez, Miguelito nos había dado la dirección correcta. Como es un B&B perdido en un pueblino, tenemos que coger el coche de vuelta a Bala para cenar algo. Menudo trajin!

28/6/2017

Al final dormimos estupendamente, hemos desayunado huevos revueltos de corral (de las gallinas que tienen en el mismo hotelito) y hemos estado un ratito de cháchara con Dusty y Ros, los dueños del B&B, que son encantadores.

Pero hoy llueve mogollón y me toca conducir a mí. Vamos a Powys Castle y para llegar allí tenemos que cruzar un puerto de montaña con carreteras de tipo montaña, es decir, sin marcas, sin arcén ni separación, ni siquiera espacio para dos coches. Además, según subimos por el puerto comienza a bajar la niebla y empiezan a aparecer ovejas locas en mitad de la carretera que tenemos que ir esquivando. Menos mal que no parece un puerto muy transitado. Pero merece la pena la visita porque el castillo es espectacular. La pena son los jardines, que son preciosos pero como está lloviendo bastante decidimos visitar sólo el castillo en sí mismo y dejar los jardines, aunque para compensar, nos toca un autobús de abueletes que casi arramblan con el lunch!

A la salida del pueblo más cercano tenemos que pararnos en un super-Tesco a comprar un par de cositas que necesitamos porque hemos calculado mal y estamos a punto de quedarnos sin ciertas cosas básicas que no vamos a nombrar aquí.

La carretera, bueno, carretera… que nos lleva al siguiente pueblo, Knighton, es pero que la del puerto y a veces sólo cabe un coche y… una oveja (a las que hay que tocar el claxon de vez en cuando para que se aparten).

Vamos a dormir a Llandrindod Wells, que es una ciudad balneario victoriana donde recomiendan visitar el lago al que iban a pasear. Las indicaciones y mapas que hay por la ciudad son poco… ejem… aclarativos y acabamos dando veinte mil vueltas (también porque una señora nos dice que giremos a la derecha cuando en realidad teníamos que girar a la izquierda). Ya, por amor propio, seguimos buscando el dichoso lago (aunque nos importa ya muy poco) y por fin damos con él. ¡Menuda birria de lago!¡Pero si eso es un estanque! El de El Retiro es mucho más grande. Y encima aquello está lleno de caravanas y motos y coches porque hay una convención de no sé qué. Bueno, al menos hemos hecho hueco para la cena!

Pero nuestra mala tarde no acaba ahí. Entramos a cenar y nos sientan al lado de dos señoras de mediana edad… ¡maldita sea su estampa! Una de ellas, aparte de no callar ni un momento, come con la boca abierta armando un ruido terrorífico. Casi me da algo. Y no sólo se come lo suyo sino que encima se come lo que deja su amiga. ¡Qué desesperación! Pero qué se pueda esperar de alguien que, pasados los 60 años, lleva un coletero (sí, amig@s, coletero), una diadema de plástico y un flequillo, todo junto. ¡Inaudito! Ahí se atragante con el postre.

29/6/2017

¡¡Vaya día de carreteritas que llevamos!! Entre las carreteras/caminos de cabras, las rotondas (no he visto cosa igual, qué le gusta una rotonda a un galés!), el navegador no hacía más que recalcular ruta, daba igual por dónde fuéramos o lo que hiciéramos… eso o nos decía “señal GPS perdida” justo cuando más lo necesitábamos. ¡Qué ganas de tirarlo por la ventanilla! Y por esas carreteras de Dios nos hemos encontrado de todo: seres humanos, coches, tractores, caballos, ovejas, perros y hasta una gallina que no se apartaba ni a tiros (casi me tengo que bajar a echarla!). Por lo menos no nos ha llovido aunque durante un rato hemos tenido bastante niebla.

Hoy eran casi todo castillos excepto el pueblecito de los bibliófilos, Hay-On-Wye, y el priorato de Llanthony. Finalmente llegamos a la posada y subimos a la habitación. Hace bastante calor así que abrimos la ventana pero está un poco rota y no se sostiene abierta. Es lo que tienen las ventanas Tudor (no estilo Tudor si no de la época Tudor). Total, que hemos buscado algo para ponerle como tope y hemos pensando en nuestras botellas/cantimploras. Al principio ha ido todo bien pero al ir a bajar un poco la persiana… la botella de Ra ha salido disparada y se ha caído a la calle (menos mal que era sólo el primer piso) justo cuando pasaban una pareja por delante. El hombre ha empezado a reírse a carcajadas cuando nos ha visto la cara de WTF! Y no podía parar. La mujer ha cogido la botella y se la ha pasado al hombre que me la ha lanzado y, al segundo intento (porque al primero ha vuelto a pegar un botellazo), he conseguido cogerla. Y se han ido muertos de la risa mientras Ra y yo examinábamos la pobre botella que tiene un buen bollo en el culo (pero por lo demás, está perfecta).

Al final hemos decidido poner un rollo de papel higiénico que, si se cae, daño no va a hacer, eso seguro. Y nos hemos ido a cenar tan tranquilas.

 

Viaje a Gales (IV)

Etiquetas

, , , , , , , ,

24/7/2017

Hoy vamos a coger un tren de vapor que lleva más de cien años haciendo el mismo recorrido, al principio para llevar cargamentos de pizarra desde las minas en lo alto del parque nacional hasta el puerto de Porthmadog, y desde hace tiempo es un tren para turistas. El trenecito es una monada pero resulta que en mitad del camino tenemos que parar durante una media hora porque durante la noche ha caído un tronco en mitad de la vía y tienen que llamar a varios operarios, a los maquinistas… tuvieron primero que serrarlo y luego apartarlo para que pudiéramos pasar.

Cuando llegamos a la estación final, tenemos que darnos una buena caminata hasta casi la cima de la montaña porque queríamos hacer una excursión en “quarry” (un camión de esos todoterreno) por todas las minas de pizarra y cuando llegamos a las oficinas, resulta que hoy es el día de la inauguración de las excursiones y está la BBC allí y todo! (hay un par de personajes que reconozco pero de cuyo nombre no me acuerdo). No hay sitio en los camiones hasta las 14h pero si lo hacemos no nos da tiempo a coger el tren de retorno así que vuelta para abajo la colina y lo dejamos en nuestra lista de pendientes. Hacemos un poquito de tiempo para coger el tren y nos comemos una crema de verduras casera que está de muerte!

Volvemos al coche para dirigirnos a Caernarfon, donde se encuentra uno de los castillos más impresionantes de Gales. Llegamos muy muy cerca de las 16.30 de la tarde que es cuando hacen el último pase aunque el castillo lo cierran a las 17h (qué manía con cerrar todo tan pronto) así que, como se tarda más de una hora en visitarlo, decidimos ir directamente el hotel a dejar el coche y dar un paseo por la ciudad. De repente ha salido el sol y la visión del castillo sobre la desembocadura del río es espectacular. Parece que hay una especie de feria en el pueblo y el pub/restaurante del Black Boy Inn está hasta las trancas, y hay una cola infinita para cenar. Decidimos hacer un poco de tiempo y volvemos a bajar sobre las 20h. Nos dicen que sólo hay dos personas por delante así que nos apuntan en la lista y, para avisarnos de que la mesa está lista, nos dan un aparatejo cuadrado que vibra y se ilumina en rojo. ¡Qué modernidad!

25/6/2017

Llegamos a las puertas del castillo las primeras, antes de que abran, casi para sitiarlo. Pero la buena parte es que lo hemos podido ver casi en solitario.

Después decidimos ir a ver un fuerte romano que hay a las afueras de Caernarfon pero el GPS no es capaz de encontrarlo y nos manda a tomar por saco. Usamos el móvil para encontrarlo y cuando pasamos por al lado, giramos un poco para buscar un sitio para aparcar y, cuando bajamos del coche… no tenemos ni idea de donde estamos. Hemos aparecido un sitio apartadísimo del fuerte y ni siquiera vemos la torre de la iglesia que estaba al lado, y eso que sólo habíamos andado unos pocos metros. Desistimos de ver el fuerte y nos ponemos en marcha otra vez para dirigirnos al castillo de Beaumaris, que es otro pedazo castillo. Y de ahí, vamos a visitar pueblecitos en la zona de Anglesey y vamos recorriendo la costa que es impresionante.

De ahí nos vamos al hotel porque vamos a dormir en el famoso pueblecito con el nombre más largo del mundo (si exceptuamos el nombre ceremonial de Bangkok): Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch. El hotelito está un poco apartado así que cenamos allí mismo. Tenemos un hambre loca así que nos ponemos a comer como locas e incluso pedimos postre, que nos traen pero sin cuchara! Tenemos que esperar a que aparezca otra vez la camarera para pedirle los cubiertos.

26/6/2017

De nuevo en ruta para visitar un pueblo precioso de montaña, Betwys-Y-Coed, y luego rumbo a Conwy con un castillo como pocos y donde se puede recorrer casi todo el perímetro de las murallas por encima, y donde nos damos cuenta de que nos hemos dejado los pañuelos del cuello (yo lo echaré de menos) en el hotel.

Comemos en un tea-room precioso, y de postre pedimos un scone y, esta vez, lo que no nos traen es el cuchillo (no sé si es que nos quieren decir sutilmente que no debemos comer tanto postre o qué!).

Visitamos dos casas preciosas, una estilo Isabelino y otra estilo Tudor donde uno de los trabajadores sale de una puerta secreta y me da un susto de muerte (él se muere de la risa y me dice que no me preocupe que no hay datos de apariciones en la casa) aunque casi me da más miedo una voluntaria del National Trust (una señora muy mayor) que, al preguntarnos de dónde somos, me deja anonadada porque NO SABE QUE EXISTE LA CIUDAD DE MADRID. Señora, que estamos hablando de la capital de un país europeo, que no digo que haya estado ni la sepa localizar en el mapa, pero por lo menos que te suene! Y después de dos casoplones, visitamos la casa más pequeña de Gales!

Luego vamos a Llandudno, ciudad costera/balneario donde recomiendan subir a un teleférico terrorífico con vistas impresionantes sobre la ciudad y la costa. No nos decidimos hasta el último momento pero al final, el ratito de susto merece la pena porque las vistas son impresionantes. Para relajar la musculatura, damos un paseo por un parque dedicado a “Alicia en el País de las Maravillas” ya que parece ser que Lewis Carroll se inspiró en ese pueblo para escribir el libro cuando pasaba temporadas con unos amigos que vivían allí.

Vamos al hotel, que está a las afueras del pueblo. Es un sitio precioso, familiar, donde a las 23h ponen la alarma de incendios y hay que tener cuidado porque si se abran ciertas puertas, saltan las alarmas! Pero nuestra mayor sorpresa es que cuando vamos a sacar una bolsita de manzanas que hemos comprado para tener fruta para comer, resulta que falta una… y nadie se la ha comido! Compramos cuatro y ahora sólo hay 3, pero no sabemos dónde está la manzana perdida. ¡Qué misterioso!

Viaje a Gales (III)

Etiquetas

, , , , , , , ,

22/6/2017

Tanto quejarnos del calor, que hoy amanece con lluvia. Por lo menos no hay niebla, pero hemos de decir que casi (y remarco el casi) se agradece un poco de frescor.

La primera parada es la Catedral de san David, que está un poco en mitad de la nada y, por supuesto, tenemos que pelearnos con el navegador para que nos diga la ruta (a mí este cacharro me está quitando vida, en serio). Los alrededores tienen que ser impresionantes cuando hace sol, pero por lo menos la lluvia es suave y podemos ver la catedral y las ruinas del palacio episcopal con más o menos tranquilidad.

Visitamos Aberaeron, un pueblecito costero precioso donde comemos un salmón riquísimo y donde queremos probar los famosos helados, pero yo no puedo porque están todos hechos con una base de miel. Mala suerte!

Seguimos de pelea con el GPS pero al final conseguimos llegar a la ruinas de la abadía Strata Florida y después de visitarla, vamos a visitar una ruta por los Montes Cámbricos y al famoso Puente del Diablo. Más que el puente en sí, yo creo que el diablo construyó las escaleras de bajada y subida que llevan desde el susodicho puente hasta lo profundo del valle y, tras cruzar el río y las caratas, se vuelve a subir. Menudas escaleritas! Eso sí, por el camino nos vamos comiendo algunos arándanos silvestres que encontramos como los que comíamos en Asturias cuando éramos pequeñas (tampoco comemos muchos que eso es parque natural, no sea que encima nos multen o algo!). Obviamente, después de semejante esfuerzo físico, hay que reponer fuerzas con un estupendo “cream tea” (para los que no estéis acomstumbrados: té + scone + clotted cream + mermelada… bomba calórica al canto!). Pero es que conducir por la izquierda es muy siniestro! (juego de palabras… cri cri cri).

Llegamos por fin al hotel y, después de pasar todo el día gris y con lloviznando, resulta que sale el sol! Damos una vuelta por el pueblo, por el paseo marítimo y los restos del castillo con unas vistas de la costa y el mar que cortan la respiración.

23/6/2017

Llueve a cántaros, o como dirían por aquí,., llueven perros y gatos ¿? Así que la conducción se vuelve un poco más estresante de lo habitual, pero yo voy a mi ritmo. He de decir que, en general, son muy respetuosos, y aunque en una recta me han llegado a adelantar cinco coches a la vez (sí, cinco… de momento es mi record) no se suelen pegar al culo o te presionan para que vayas más rápido. Sencillamente van detrás y cuando tienen la oportunidad, te adelantan. Eso sí, nos ha llamado mucho la atención que poner las luces no les va mucho, porque con el diluvio que estaba cayendo, la mayoría no llevaban luces, pero bueno, nadie es perfecto.

A Miguelito parece que la lluvia le vuelve aún más tonto de lo habitual, y en cuanto tomas una curva un poco más marcada, se le va la pinza, empieza a recalcular ruta y a perder señal GPS y al final acaba perdiéndonos a nosotras… tengo una ganas de soltarlo!

Llueve tanto que decidimos dejar de visitar una península porque no se ve más allá de 10 metros, y no queremos arriesgarnos por esas maravillosas carreteras para no poder ver nada. Paramos a comer en un pueblo que está un poquito deslucido por la lluvia pero que tiene pinta de ser precioso. Menos mal casi todos los pueblos tienen un parking bien señalizado y no tenemos que estar dando vueltas o buscando sitio. Eso sí, la mayoría no aceptan las libras nuevas… ¿perdona? Así que tenemos que ir suplicando que nos las cambien por monedas antiguas.

La lluvia y el viento son hoy tan fuertes que cuando llegamos al castillo de Harlech, yo llevo los pantalones tan empapados (la parte de arriba no que llevaba impermeable) que tengo que coger unos vaqueros de la maleta, entrar al baño a cambiarme e intentar secarme con papel del baño como buenamente puedo. Y el paseo por las murallas se vuelve un poquito más peligroso de lo habitual porque la ventisca es de las buenas. Aunque eso no le resta encanto, más bien, le añade emoción al pensar cómo debía ser vivir allí cuando fueron construidos e incluso el mar llegaba a la orilla del acantilado.

Parece que la lluvia arrecia un poco y nos vamos a visitar un famoso pueblo “artificial” construido por un arquitecto en mitad de una península en el que se pueden alquilar las casas como apartamentos y que recuerda a pueblos del sur de Francia o de la Toscana. Un poco demasiado para mi gusto, aunque es curioso, no podemos negarlo-

 

 

 

 

Viaje a Gales (II)

Etiquetas

, , , , , , ,

20/6/2017

Después de dejar el hotel años 70 (paredes de madera, sillas de metal y cuero plastificado, vidrios de colores…) toca coger el coche y, después de una lucha de voluntades con el navegador, llegamos al parking de la ruta que nos llevará al Pen & Fan, el punto más alto del parque Nacional de los Brecon Beacons. Según la guía, la caminata es moderada… en la escala Everest, imagino, porque casi palmamos por el camino. Son como unos 3 Km de subida con más de 400 metros de desnivel (y luego no hay que olvidarse de la bajada que fácil fácil, tampoco es). Pero desde luego merece la pena más que de sobra. Solamente que deberían plantearse lo de recalificar la caminata. Especialmente cuando tienes un día de 30 grados en mitad de un parque nacional. Y eso que nos hemos puesto pañuelos para cubrirnos sobre todo cuello, escote y hombros para intentar evitar quemarnos de nuevo, y que hemos ido bien tempranito para evitar el centro del día. Eso sí, nos quedamos a cuadros cuando un grupo de 6 o 7 muchachos (alguno no tan muchacho) pertenecientes a un club de boxeo suben y bajan al pico corriendo en lo que nosotras (y el resto de los mortales que andaban por allí) recorremos la mitad del camino.

La siguiente parada son las cuevas de Dan-Yr-Ogof. Aprovechamos antes de entrar a las cuevas para reponer fuerzas y luego nos disponemos a verlas. Son cuevas “auto-exploradas”, vamos, que entras tú y las vas viendo a tu aire, y aunque están bastante bien indicadas, a veces da un poco de yuyu, sobre todo cuando a la entrada de la cueva tienen un faro de “emergencia” que pesa un quintal y que debes llevar para encender en caso de emergencia. Menos mal que ya, expertas en cuevas, nos habíamos preparado y llevábamos ropa de abrigo, porque dentro hacia un frio de tres pares. Y, por supuesto, venga a subir y bajar cuestas y escaleras (es que no tenéis piedad?).

Nos dirigimos entonces al pueblo de Brecon donde encontramos un café y al entrar resulta que tienen una oferta de 2×1 en smoothies naturales. Nos lo bebemos de un trago porque el calor ya empieza a resultar insoportable! Justo después nos ponemos en marcha para llegar a nuestro alojamiento en una antigua posada más chula que nada.

21/6/2017

Cuando yo creía que ya había tenido bastantes experiencias de apariciones en mis ventanas… nos despiertan unos obreros que está trabajando en la fachada del hotel. Menos mal que me da tiempo a salir pitando a la ventana para echar las cortinas!

Mientras esperamos poder salir del parking del hotel (se ha aparcado el camión de reparto y el buen hombre hace lo que puede), intentamos hacer entrar en razón a Miguelito, pero el disco duro más duro que una piedra, valga la redundancia, y sigue empeñándose en buscar las direcciones que le ponemos en el área de Birmingham. De paso comprobamos que hoy llegaremos a temperaturas por encima de los 30 grados!

Hoy toca “castilleo” y, en varios de ellos, nos preguntan que por qué no nos hacemos socias del National Trust y cuando decimos que somos extranjeras… se sorprenden!! Eso me hace pensar que mi acento no está tan oxidado como podría parecer (o simplemente está siendo muy amables).

Como hace buen día y vamos bien de tiempo, decidimos visitar una bahía que parece ser muy bonita. Como conduzco yo, la cosa empieza a complicarse por carreteras cada vez más y más estrechas, el GPS cada vez más perdido y, de repente y como por arte de magia, la niebla empieza a caer y a hacerse cada vez más y más espesa. Nos entra un poco de cangelo y decidimos dar media vuelta y marcharnos por donde hemos venido. Y hacemos bien porque cuando llegamos al hotel, apenas se ve el puerto que está justo enfrente. Como encima hace frío, decidimos cenar en el mismo pub del hotel en el que, por cierto, se está celebrando una boda (mal rollo). Aquellos que habéis frecuentado pubs y restaurantes en Reino Unido, especialmente si son franquicias, sabréis que, en algunos, para poder poner las cosas en una cuenta y no pagar de inmediato, te “secuestran” la tarjeta de crédito, la meten en una especie de mini-caja fuerte de la que te entregan la llave. Nadie tiene acceso a ella salvo tú con la llave por lo que, a la hora de pagar, vas con la llave y te devuelven la tarjeta. Este pub era uno de esos, así que dejamos la tarjeta y nos pusimos a cenar. Cuando fuimos a pagar, de repente yo caí en la cuenta de que no me habían dado la llave y no sabía en qué cajón la había metido la camarera que, para remate, había acabado su turno y se había ido hacía unos 15 minutos. Y empezamos a entrar todos en pánico, Raquel, yo, los dos camareros… hasta que se me iluminó la memoria y le dije que creía que estaba en el tercer o cuarto cajón empezando por abajo y mientras uno de ellos intentaba localizar a la compañera. Al final, encontramos la tarjeta y todo quedó en un susto. Nos fuimos a la cama pensando que nuestra habitación estaba justo encima del salón de la boda, pero cuál fue nuestra sorpresa que a las 23h ya no había fiesta ninguna!

Viaje a Gales (I)

Etiquetas

, , , , , , , ,

18/6/17

¡¡Por fin estamos de vacaciones!! Toca madrugar aunque de los nervios apenas hemos dormido mucho. Hay que ir al aeropuerto a coger el vuelo a Cardiff y nos toca ir a la última puerta de embarque de la T4 que está a tomar viento. Pero la emoción nos embarga y nos da un poco igual, incluso nos da igual el “bibitrajo” que nos han dado en la cafetería de la terminal haciéndolo pasar por café. Tenemos que pasar múltiples controles de seguridad (sin incidentes reseñables, ya me extraña) y la teoría de Ra es que están preparando la T4 para los viajes a Reino Unido una vez que se formalice el Brexit ya que habrá que pasar controles más exhaustivos al poner frontera y aduana (vaya coñazo!). Hay poca gente para nuestro vuelo (menos mal), sobre todo británicos requemados y algún español con cara de asustado. De hecho, ya en el vuelo, la gente se va cambiando de asiento a conveniencia ya que hay asientos libres de sobra. No sé si por la hora de vuelo o porque Cardiff es un destino que acaba de implantar Iberia (creo que somos las primeras o segundas en usarlo!).

El vuelo transcurre pacíficamente, aterrizaje perfecto, maletas en hora… todo es idílico. Es sólo la calma que precede a la tormenta. Salimos del aeropuerto y tenemos que llamar a la agencia de alquiler de coches para que vengan a buscarnos porque está un poco apartada del aeropuerto (a 5 min en coche según la info de internet). Raquel ha dicho que en todo el viaje hablo yo “para que no se me olvide el inglés” así que llamo con miedo porque nunca entiendo lo que me dice la gente por teléfono (ni siquiera en español). Pero más o menos consigo captar dónde tenemos que esperar al conductor, que aparece unos 5 min más tarde en un Ford Fiesta (que es el que en teoría hemos alquilado nosotros). Y se baja del coche el hermano británico de “a cara de perro” (no sé de qué va el programa, sólo he visto el anuncio). Un señor rapado al cero, con un cordón de oro que haría las delicias de cualquier patriarca, con pocos centímetros de piel visible bajo ríos de tinta que surcan bíceps como mi cabeza y embutido en una camiseta que no le vale ni a mi sobrina de 7 años. Nos montamos en el coche y nos dirigimos a la oficina. Primer momento crítico, el tipo sale del aeropuerto, da un giro a derecha, luego a izquierda y aparecemos en una carretera completamente asilvestrada, con matojos por todas partes, mal asfaltada y donde no cabe más que el coche en el que vamos. Miro de reojo a Ra y veo mis pensamientos reflejados en su cara “nos van a secuestrar y robar todos los órganos”. Más adelante descubriremos que eso es lo que ellos llaman una carretera “secundaria” (JA!) y que son las predominantes en el país. Dispuesta como estoy a atizarle con el cargador del móvil, aparecemos por arte de magia en el Holiday Inn del aeropuerto donde se encuentra la oficina de alquiler. ¡Qué malos son los prejuicios! Vamos a hablar con el oficinista y nos dice que son las 11h, que llegamos muy pronto y que, por motivos del seguro bla bla, el coche no nos lo puede dar hasta las 12h, y que podemos tomarnos un café en el hotel mientras. Café dice! Otro brebaje a base de cosas muertas imagino porque el aspecto y el sabor distan mucho de parecerse a un café. Por cierto, que llegamos en plena ola de calor y hace una humedad preciosísima!

Por fin hacemos el papeleo, cogemos el navegador llamado iPrimo (luego descubriremos que el primo lo hemos hecho nosotras porque se orienta más o menos como yo con una botella de lambrusco encima) y vamos al coche que… sorpresa! No es automático (cosa que especificamos en el alquiler). El señor muy amablemente nos dice que no tienen coches automáticos pero que “You’ll be fine”. Sí, nosotras sí, el coche no lo tengo tan claro. Encima tenemos que pedirle el cubremaletero porque vamos a viajar con las maletas en el coche todo el rato. En fin, que quedamos en que lo coge primero Raquel que parece que se apaña bastante bien con las marchas (ése se convertirá en el menor de nuestros problemas) e intentamos poner el próximo destino en el navegador que, por defecto, busca todas las direcciones en Birmingham (no preguntéis por qué y juro que por mucho que lo intentamos, fuimos incapaces de cambiarlo así que teníamos que hacerlo a cada momento). Buscamos la ruta a Swansea y siguiendo las indicaciones de Miguel (así que se llamaba “la voz” de la opción idioma español masculino) entramos en una de esas maravillosas carreteras secundarias y aparecemos en un paraje perdido, como a 5km del aeropuerto, en un bar/restaurante en la mitad de la nada, sin salida por lo que tenemos que dar la vuelta, volver al aparcamiento del Holiday Inn e insistirle a Miguelito en que nos lleve a Swansea, que por fin nos hace caso y nos dirige a la ciudad, por carreteras adecuadas y por la Autopista. Vamos un poco estresadas: Ra porque conduce por primera vez por la izquierda y yo porque veo muy cerca las cosas por mi ventanilla y encima no me fío nada del dichoso navegador. Pero llegamos sanas y salvas a Swansea. Encontramos el B&B que es una maravilla, el señor es un encanto y la habitación maravillosa. Aparcamos el coche en frente (es domingo y podemos aparcarlo ahí siempre que lo dejemos antes de las 9 del lunes) y nos vamos a recorrer la ciudad. Eso sí, antes de eso nos cambiamos de ropa a pantalón corto, tirantes y sandalias porque el calor es terrorífico! La ciudad no tiene muchos monumentos que ver y es más dar paseos por aquí y por allá, el puerto… y la playa infinita que tiene. Decidimos pasear por ella así que fuera sandalias y con los pies en el agua (quién nos lo iba a decir), y de paso recogemos un montón de conchas para mi madre que quiere ponerlas de adorno. La playa tiene kilómetros de recorrido (no sé cuántos exactamente) y se ve toda la bahía. Lo recorremos y llegamos al otro lado de la ciudad, acaloradas como nunca y deseando encontrar un sitio para tomar algo. Más tarde descubriremos que nos hemos achicharrado “un poquito”. Después de muchas vueltas, para arriba y para abajo, de la ciudad, volvemos al hotel a ducharnos y a buscar un sitio cerca para cenar. Volvemos al hotel muy pronto pero estamos tan cansadas que decidimos irnos a la cama aunque el sol entra a raudales por la ventana. Y dormimos como troncos hasta que suena el despertador para empezar el siguiente día de ruta.

image45.JPG

19/6/17

Después de un opíparo y delicioso desayuno galés (que es igual que el inglés pero no queremos ahondar en el conflicto) nos ponemos en marcha. Me toca conducir a mí. Miguelito hace de las suyas y me mete por una calle residencial donde los coches están aparcados (por decirlo de alguna forma) ocupando más de la mitad de mi carril, así que tengo que ir invadiendo parte del contrario. El problema llega cuando viene otro de frente y al echarme a la izquierda, le meto un meneo al retrovisor con el coche que estaba aparcado. No le pasa nada pero yo ya empiezo a ponerme nerviosa y me subo dos veces al bordillo de la acera (¿no queréis que me arrime a la izquierda? Pues ahí lo tenéis!). Con los niveles de estrés más altos que yo qué sé qué, salimos a una carretera más principal y me relajo un poco aunque sigo arrimándome a la izquierda (el problema de conducir en UK al final no son las marchas sino el cambiar la idea tan interiorizada que tenemos de las distancias con respecto a tu derecha e izquierda… y eso cuesta un huevo). Así que diseñamos un sistema de alarma cuando el copiloto ve que nos desviamos peligrosamente a la izquierda que resulta ser “bordillo, bordillo”, que puede ser una simple puntualización hasta un grito desesperado si el choque parece inminente. Pero debo decir que, tras un arranque un poco accidentado para mí, no volvimos a tener ningún problema hasta bastante más adelante… pero eso es otra historia.

Hoy toca ir recorriendo distintos puntos de la península de Gower: the Mumbles, Oswich Beach, Rhossili… Todo ello a pesar de las indicaciones de Miguelito y, lamento decirlo, la poca experiencia de Raquel como copiloto e interpretadora de las confusas señales del navegador ya que, para ir a Oswich Beach me acaban dirigiendo por carreteras cada vez más cuaternarias hasta que acabamos circulando por una en la que no hay escapatoria posible. Tengo que ir en segunda, a veces en primera, y sólo cabe el coche y a duras penas porque los retrovisores rozan los matojos de ambos lados de la carretera. Llegamos a la playa y yo me bajo del coche temblando pero sólo de pensar que tenemos que volver a salir de allí, pero ¡ah, amigo! Es que había una carretera mejor y más corta que la que hemos usado. La verdad es que la playa es alucinante (tienen playas kilométricas tanto en longitud como en profundidad de arena!) y ha merecido la pena el sufrimiento. Volvemos a poner el siguiente destino, Rhossili, y, circulando por carreteras que ellos denominan secundarias y que en España no llegan ni a comarcales, y a pesar de los intentos de Miguel de perdernos (qué cosa más mala de GPS), llegamos al parking de Rhossili que está medio en construcción. Aparcamos en mita de la pradera y nos vamos a ver los acantilados que son absolutamente impresionantes. Pero, para nuestra sorpresa, cuando volvemos al parking nos damos cuenta de que hay gente poniendo papelitos porque el de pago… en mitad de una pradera! Nos entra el pánico y mientras yo voy arrancando, Ra va a la máquina a pagar una hora aunque ya nos vamos. Somos así de decentes, qué le vamos a hacer.

Seguimos nuestra ruta hasta Methyr Tydfil donde nos volvemos a perder (o debería decir que Miguelito nos vuelve a perder) en la búsqueda de una estación de tren muy especial de la que sale un trenecito a vapor que sube por una de las laderas del inicio del parque nacional Brecon Beacons. Afortunadamente está muy bien señalizado y cuando llegamos… llega un autobús del inserso británico. Y son iguales en todos lados. Tanto es así que el señor taquillero, después de antenderles a ellos, nos pide varias veces disculpas a nosotras por tardar en atendernos. Pobre hombre. El trenecito es una monada, con sus vagones de madera, sus asientos de madera… y sus ventanas falsas que no se pueden abrir lo que indica que nos vamos a cocer vivos dentro ya que las temperaturas no dejan de subir y vamos ya por los 29 grados (parecen pocos, sí, pero con más del 80% de humedad…). Así que después de un par de paradas en el recorrido del tren sin posibilidad de guarecernos del sol, volvemos al pueblo mimetizadas con el pellejo gambil guiri tradicional.

Visitamos también el castillo del pueblo y nos vamos al hotel, que ya va siendo hora de darse una duchita!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mudanzas / Moves

Etiquetas

, , , , , , , , , , ,

Se sentó por fin en el suelo, exhausta, después de horas y horas seleccionando, revisando, envolviendo y empaquetando en cajas. Ahora, cuando el sol empezaba a ocultarse tras los edificios y el cielo adquiría ese color rosado tan característico, las pilas de cajas a su alrededor comenzaban a dibujar largas sombras sobre el suelo y sobre las paredes ahora vacías y deslucidas; incluso sobre ella, con cierto aspecto amenazador, como grandes torres en riesgo constante de caer. Eran torres llenas de historias, recuerdos, cosas ya pasadas e incluso algunas olvidadas pero de las que se resistía a deshacerse, como si fueran lo único que de verdad la unía al mundo real, algo tangible a lo que poder aferrarse. Siempre esa misma sensación absurda pero irremediable. No sólo guardaba objetos, también emociones, sentimientos, historias y sueños. Algunos de esos sueños nunca volvían a aparecer. Se perdían en el inmenso caos de las mudanzas, como pasa siempre con algún objeto, o como con ese calcetín desparejado que un día perdió a su compañero y del que nunca más se supo. Pues así pasa a veces con los sueños. Se guardan en una caja imaginaria que, sin saber cómo ni cuándo ni por qué, se pierde en la inmensidad de la mente humana o en la oscuridad que todos albergamos en nuestros corazones. Pero ya le había cogido el truco a eso de empaquetar. Hasta había perdido la cuenta. Se había pasado media vida metiendo y sacando cosas de cajas de cartón, trasladando cajas de un lado a otro. De casa en casa, de ciudad en ciudad e incluso de país en país. Daba la sensación de que estaba siempre en constante movimiento, de un lado para otro. Quizás fuese esa la idea. Hacerse creer a sí misma que estaba en constante evolución cuando en realidad no iba a ninguna parte. Como los molinillos de viento que clavamos en nuestras macetas, movidos por el viento, girando sin parar pero hundidos irremediablemente en la tierra, sin poder avanzar o retroceder, hasta que el paso del tiempo y las inclemencias de la vida desgasten sus aspas y no pueda girar más. 

Se levantó del suelo dolorida cuando ya todo era sombra a su alrededor. Se dirigió a la puerta de la habitación y echó la vista atrás. Apenas se distinguían ya las formas de las cajas apiladas a contraluz, pero allí estaba su vida que escasamente llenaba una simple habitación. Cerró la puerta tras de sí pesando que tal vez fuera la última aunque algo en su interior le decía que probablemente sólo fuera una más. 

                                                        ♠️♠️♠️♠️

She sat down on the floor, exhausted, after hours and hours classifying, checking, wrapping and packing boxes. Now, when the sun was starting to disappear behead the buildings and the sky was turning into that particular pink, the piles of boxes around her started to cast long shadows over the floor and walls now empty and tarnished; even over her, looking threatening, like big towers in permanent risk of falling. They were towers full of stories, memories, things already past and some of them even forgotten but she was reluctant to get rid of them as they were the only real thing that connected her to the world, something tangible she could hang onto. Always that absurd but irremediable feeling. She put in not only objects but also emotions, feelings, stories and dreams. Some of those dreams would never appear again. They would get lost in the enormous chaos of move, as it always happens with some object, or like that mismatched sock that lost its pair one day and it never appeared again. Sometimes that is what happens with dreams. They are put into an imaginary box that, without knowing how or when or why, gets lots in the immensity of the human mind or in the darkness we all harbour in our hearts.

But she was starting to get the hang of packing. She had lost track of how many times. She had spent half of her life putting things in and out of cardboard boxes, moving them from one place to another. From house to house, from city to city or even country to country. It felt she was always on the move, from place to place. Maybe that was the idea, to make herself believe that she was in permanent evolution when, actually, she was going nowhere. Like a toy windmill that we stuck in our flowerpots, moved by the wind, spinning without a break but irremediably buried into the ground, unable to move forward or backward until the past of the time and the inclemency of the weather wear away its blades and stop it from spinning. 

She stood up soared when everything around her was already dark. She went to the door and looked back. She could barely discern the shape of the boxes heaped against the light, but there was her life that scarcely occupy a small room. She closed the door behind thinking that it might be the last time but something inside told her that it was probably just another one.

Realidades paralelas

Etiquetas

, , , , , , , ,

Vivir en una realidad paralela tiene sus riesgos. Mientras vives en ella puedes modificar el mundo a tu antojo, creyendo ser feliz en él a pesar de que esa felicidad es tan irreal como las bases sobre las que se asienta. Pero eso no suele importar mientras dura el autoengaño.El problema viene cuando hay que abandonar ese mundo imaginario para enfrentarse al real, corriendo el riesgo de destruir tus propios cimientos como persona. Cada vez que vuelves a la realidad desde tu mundo de fantasía, aparecen grietas en tu estructura, la que te sustenta. Al principio son pequeñas y apenas se notan. Son como las marcas que van apareciendo en la porcelana después de años de uso. Pequeñas marcas grises sobre un fondo blanco que no denotan un riesgo inminente. Pero cada vuelta a la realidad agranda esas grietas. Es como si estuvieses permanentemente en una zona de alto riesgo sísmico. Pequeñas sacudidas diarias, a veces incluso varias al día, muchas imperceptibles, pero que van debilitando poco a poco la base sobre la que te has levantado a lo largo de los años. Cada sacudida abre una nueva grieta o profundiza las que ya había, formando un entramado que recuerda a los arroyuelos que no son nada, pero que, uniéndose unos a otros forman un riachuelo, y luego un río que pacientemente erosiona el terreno por el que discurre hasta que, sin darnos cuenta, se desborda en tromba hasta alcanzar el mar, arrastrando a su paso todo lo que se encuentra. 

Así se van uniendo esas grietas, unas con otras, resquebrajando y debilitando unos cimientos que parecían sólidos pero que, poco a poco se van desmoronando hasta que, sin previo aviso, todo se viene abajo. Y ya no hay más realidad que la de la destrucción y el caos absoluto, los restos de una vida sepultados bajo toneladas de escombros que se antojan imposibles de movilizar. La esperanza de rescatar algún superviviente perdiéndose cada día que pasa para acabar enterrada junto a todo lo demás, en una tumba tan imaginaria como el mundo paralelo que provocó el fatal desenlace.

Un día cualquiera

Etiquetas

, , , , ,

Ni siquiera ha sonado el despertador pero ya hace rato que abandoné los brazos de Morfeo. Últimamente parece que nuestra relación no es lo que era. Me gustaría poder darme la vuelta, cerrar los ojos y seguir durmiendo, pero sé que no lo voy a conseguir. Me bato en duelo conmigo misma en la eterna discusión entre “un ratito más” y “luego te quejas de que se te va el día sin haberlo aprovechado”. Hoy ha ganado mi yo más activo, aunque me levanto con un mal presentimiento. 

Aprovecho la mañana para dejar comida hecha para la mayor parte de la semana. Lo de no llegar a casa antes de las 21.30 limita mis menús, sobre todos los nocturnos. Tampoco es que los diurnos sean un banquete; cuando tienes que comer a  12.30 sin apenas hambre… Pero claro, van a ser diez horas sin probar bocado así que aunque sea a la fuerza algo hay que meterse entre pecho y espalda. El trajín de la mañana impide que esa oscura sensacion se apodere de mí, pero según se acerca la hora de irme a trabajar, un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza. En honor a la justicia debo decir que aunque muchos días tengo ese mismo presentimiento, muchas veces no se cumple. Otras sí, pero son las que, por desgracia, pesan más en mis recuerdos.

Llego pronto al trabajo, como casi siempre. Es lo que tiene ser una agonías. Además estoy de avisos, lo que significa que si tengo alguno, debería ir a hacerlo antes de empezar la consulta, que luego la cosa se complica. Tampoco sería la primera vez que llego y tengo cuatro domicilios que visitar. De momento tengo dos, uno de ellos es alguien a quien conozco, el otro no, así que voy a buscar una consulta donde poder revisar la historia. La mía sigue ocupada por el médico de la mañana (y no parece que vaya a acabar pronto, tiene cinco o seis personas fuera esperando). Me cuelo en la de la matrona, ella hoy no está. En el aviso del paciente desconocido pone “costipado” aunque la valoración la ha hecho el que atendió el teléfono. En la historia no aparece nada reseñable, sólo que nunca viene a consulta. Quizás lo pueda resolver por teléfono, si sólo es un catarro… Hablo con el familiar y no cuenta, ni por asomo, algo que se parezca a un resfriado. Es más, no me gusta lo que cuenta: desorientación, dificultad para caminar, discurso incoherente… Y eso desde anoche a las 22h, y son las 13.45h. Le digo que voy ahora mismo. Dejo el segundo aviso para ver si lo puedo hacer a la vuelta al centro de salud, antes de las 15h que empiezo la consulta que, por cierto, está llena, los 54 huecos, lo que significa que hoy llego a los 60 pacientes fijo. Si por algo no quería levantarme esta mañana. 

Ya voy de camino al segundo domicilio. El primero ha sido rápido porque en cuento lo he visto, lo he tenido claro. De hecho, voy hablando por mi móvil con el servicio de urgencias para solicitar una ambulancia urgente. ¿Motivo? Me preguntan desde el otro lado del teléfono. Un ictus, respondo, pero no activéis el código que ya lleva más de 12 horas de evolución. La mandarán en seguida, me dicen. Menos mal. A ver si luego puedo llamar a preguntar qué ha pasado. Cuelgo justo cuando llego al portal de la segunda paciente. Salió de un ingreso de dos meses hace unas dos semanas. La situación es muy mala porque tiene una demencia muy avanzada, apenas come ya. La familia lo sabe y de hecho creíamos que no aguantaría el ingreso, pero está luchando como una jabata. Menos mal que ya no es consciente de que su marido falleció hace 20 días. Eso sí nos pilló por sorpresa. Se lo llevó una neumonía. Pobrecito, y pobre su hija que no tiene tiempo ni para llorarle porque su madre requiere toda su atención. Cuando me abre la puerta me dice que está muy mala, que desde ayer ni come ni bebe y hoy no responde. Según entró en el cuarto, no me quedan dudas. Aun así, le cojo la mano y hablo con ella. La explico que voy a auscultarla y tomarle la tensión. No responde al tacto y respira muy erráticamente. Justo llega su hijo. Hablo con ellos e intento ser suave aunque clara: no creo que aguante hasta mañana. Ella quiere que se quede en casa hasta el final, él no lo tiene claro. Intento mediar y explicarles, desde mi experiencia, lo que creo mejor para ellos y, sobre todo, para la paciente. De momento se queda en casa. Les explico cómo hacer que esté lo más cómoda posible. Llamaré a media tarde para ver qué tal y les dejo un teléfono directo por si necesitan cualquier cosa. Me pasaré al final de la consulta de todas formas. 

Al llegar al centro de salud veo que ya son las 15.15h o, lo que es lo mismo, que ya voy con retraso antes de empezar. Además ya tengo citadas dos urgencias de clavo. Cómo me duele la cabeza, y debería ir al baño pero me agobia tener gente esperando así que empiezo sin más. Los primeros son “fáciles”, sólo algunas revisiones de pacientes de baja. Pero la cosa se va complicando. Ya llevo más de una hora de retraso y, cada vez que salgo a nombrar tengo que explicar que llevo mucho retraso y que por favor tengan paciencia. Por suerte la mayoría la tiene, y son comprensivos, pero otros no hacen más que protestar cada vez que salgo lo que no hace sino retrasarme más. Tengo la garganta seca pero no bebo porque si bebo tengo que ir al baño, y no tengo tiempo. 

Son las 17.30 y sigo con casi hora y media de retraso. A las 18.30 y hasta las 19h tenemos un descanso de 30 min, en teoría para tomar un café y tal… Rara vez lo uso, alguna tarde salgo 10 min de la consulta par despejarme y bajar al aseo, pero la mayoría de las veces me sirve para poder acortar el retraso que llevo. Justo estoy pensando en eso cuando suena el teléfono de la consulta. El corazón me da un vuelco por si es otro aviso. Y lo es. De un paciente de otro centro pero que, por zona, nos corresponde a nosotros. Me pasan a la persona que llama. Es el padre. Su hija lleva 72h sentada en la cama, mirando a la pared, sin comer, sin beber, sin hablar y sin moverse. No pueden llevarla al hospital ni les dice qué le pasa. Están muy asustados. En las últimos 48h tres médicos han hablado con ellos por teléfono y les han dicho que la tienen que convencer para ir al hospital. Ella no se quiere poner al teléfono. Les digo que estoy en mitad de la consulta y que iré en cuanto pueda. Están muy angustiados pero lo entienden. Cuelgo y sigo pasando la consulta disculpándome por tercera vez con el paciente que ya estaba en la consulta y al que había dejado con la palabra en la boca. 

No dejo de pensar en el último aviso. Son las 19.30 y todavía no he ido. El colchón de media hora me ha servido de poco. Sigo con 30 min de retraso. Me huelo que voy a tener que tramitar un traslado involuntario, y eso me produce mucha ansiedad. Es muy desagradable, para todos. Así que, a pesar de tener a 7 personas eso la sala de espera, cojo el abrigo y les digo que tiene que seguir esperando, que me tengo que ir a un domicilio urgente. Unos protestan, otros se resignan y otro me mira enfadado y se va. Siento de verdad irme así pero no tengo fuerzas para dar más explicaciones. 

En el domicilio los padres de la chica están muy preocupados. Los dos pasan de los 80 años y no saben qué hacer. Cuando entro al cuarto ella se aferra con las dos manos al cabecero, pero no me mira. Ni me habla. Hablo con ella, bueno, ella escucha (o eso creo) durante 20 minutos, con la mente divida entre ella y las personas que dejé en la consulta. Le explico lo del traslado forzoso. No hay reacción. No puedo hacer más, me temo. Tengo que explicárselo a la familia y también hablar con la comisión porque hay que cumplimentar un protocolo en estos casos. Llegados a este punto sólo pienso en cuánto retraso voy a llevar cuando llegue. Y en que no he llamado a la paciente del segundo aviso. 

Llego casi corriendo al centro de salud y me meto de nuevo a la consulta. Podría haber aprovechado para ir al baño, total, por dos minutos más… pero en ese momento ni se me ocurre. Sigo viendo pacientes, sólo dos se han ido, aunque hay citada otra urgencia. Aprovecho que uno de esos pacientes es un habitual de los más majos para llamar y solicitar el traslado forzoso. Vale, todo correcto pero hasta que no recibamos el Fax no se puede dar la orden. Bueno, sólo me quedan dos pacientes fuera, así que ya me espero a bajar para poder mandarlo, aunque no dejo de pensar en el tiempo que lleva esa familia esperando. 

Por fin la sala de espera vacía. Son las 20.40 y bajo a mandar al FAX. Al menos sé que ya no me puede salir otro aviso. Compruebo el OK y subo a recoger para irme al domicilio de la paciente que vive al mediodía. Pero antes llamo de nuevo a la comisión para asegurarme de que han recibido el fax. Todo en orden y la ambulancia en camino. Menos mal. Ya son las 21h y, en teoría, mi jornada ha terminado. Aunque hoy parece que nunca se acabe. 

En el domicilio todo sigue igual. La paciente está muy tranquila. No tiene dolor ni está agitada. Han decidido que se quede en casa. Intento hacer refuerzo positivo de la decisión y explico qué hacer si hay fiebre, o se queja… y también los pasos a seguir si el desenlace ocurre durante la madrugada. Es lo único que puedo hacer, intentar que todo sea lo más fácil posible. Me despido de los hijos y de ella. Le cojo la mano y le acaricio la mejilla pero no hay respuesta ninguna, aunque parece que en esos momentos la respiración es una poco menos agónica. Creo que son imaginaciones mías.  Ya en el coche noto que me va a explotar la cabeza, o la vejiga, o ambas; pero antes de arrancar, vuelvo a llamar a urgencias. Les extraña que un médico de familia llame a esas horas. Es sólo para avisar de que si llaman de ese domicilio, el fallecimiento es esperado y quizás así sea más fácil para la familia y para los compañeros que vayan a verla sin saber de qué va todo. 

Es más allá de la una y media de la madrugada. Estoy agotada pero no concilio el sueño. Mi cabeza es un hervidero de cosas, recuerdos y datos. Me preocupan los pacientes que derivé a urgencias. Me pregunto si la paciente habrá descansado por fin. Y sobre todo me preocupa que, por ir tan rápido, por no tener tiempo para analizar las cosas, se me haya pasado algo, algo importante. Quizás mañana pueda revisar los pacientes que vi hoy, si tengo tiempo. Aunque la agenda ya estaba llena para mañana. Quizás si no salen avisos ni muchas urgencias, y si voy un poco antes de mi hora… Ya veremos. Mañana será otro día. Un día cualquiera.

Midnight customers / Clientes de medianoche

Etiquetas

, , , , , , ,

It’s hard to identify the sound coming from the speakers. She thinks she can recognize the melody but she is not sure because the quality is really bad. It’s coming from far away, as the sound had to travel miles through hills and desert valleys… and it might have to. Besides, the continuous click of a fluorescent lamp switching on and off in an infinite loop impedes to follow the rhythm of the song. Although it could even be part of it. Usually that kind of things disturbs her but it has been broken for so long that she would almost miss it if it was fixed. It’s late and the shop will be closed soon. Just a few customers left and a couple of workers: the checker and the storekeeper. They are all the same people, the same faces week after week. Familiar faces of strange people, with unknown names and lives she knows nothing about, with whom she has barely exchanged a couple of words for months but there are always complicity gestures, almost imperceptible: a tiny movement of the head, a half smile… It’s the greeting of those who could be called “midnight customers”, those who wander across almost desert aisles, with artificial lights to guide their ways through distant sounds they believe to recognize, rambling among soulless shelves with empty spaces that should be full of sales and promotions but instead, you find products out of their designated places because somebody has abandoned them in the last moment. They are, somehow, like those customers, renegades from society, those who have no other moment to do the shopping but at the very end of the day, those who buy individual products instead of the feared “family pack”; those who, by choice or necessity, live in different hours of those stablished by rules, those who dwell in society margins and neither know or want to return to the confines of social life.

It’s really cold in the frozen section. She takes what she needs or what she thinks she needs. For a thousandth time she has forgotten the shopping list on op of the kitchen table, so she buys from memory although she will surely be missing something when she gets home. And talking about missing, she realizes it’s been a few weeks since she met Mr. Frozen for the last time. It’s just a nickname, of course, because she doesn’t know his name but she always meets him in the frozen aisle. He is a middle aged man, with a leisurely attitude, nice and thick hair of which many would be jealous, impeccably brushed, starting to turn into light grey. He is neither tall nor small, and he seems to be in good shape. He never takes a trolley but one of those metallic baskets that, as soon as you put two or three things inside, they are heavy as hell. He always seems to be calm and relaxed, with a face of affability and kindness that inspires tenderness, and the wrinkles around his eyes and mouth makes you think he is, probably, prone to laugh. She cannot remember if they have ever spoken. She reckons they haven’t, but week after week they met at the supermarket, making that tedious task a bit lighter. But she hasn’t met him for a while and now she wonders where he can be. Will he have succumbed to the pressures of society and now he does the shopping in regular hours? Or maybe he has decided to shop in another supermarket. Will he have moved to another suburb or even city? There were also other possibilities more catastrophist and darker: illness or accidents with a fatal outcome. A shiver runs through her spine and it’s not due to the icy temperatures of the frozen section. She tries to cast aside those thoughts since she has no way to figure out what has happened. She cannot ask about him to anyone, she doesn’t know his name and she believes none of the workers will have noticed him; in the end, hundreds of people do the shopping there every day. It is funny how sometimes, we miss the most the things we don’t have instead of what we once had and lost.

She keeps on going through the aisles trying to remember what she had written on the list, but it is hard. Her thoughts go back over and over to the same thing. So she decides to keep what she already has and turns to the till just as the speakers remind that only 10 minutes are left until closing time. Or that is what she interprets because she doesn’t understand the message. She never does, actually, she just guesses what they say. And in that very moment is when she sees him. He is finishing paying at the till. He looks like always. The same smile, the same kind and friendly face. Her relief is so deep that she even feels ashamed. His gaze meets hers and Mr. Frozen makes a movement with his eyebrows as he recognises her. She nods but there are no words. He picks up his shopping bags and goes away. She puts her stuff on the till and is welcomed with a “good evening” from the checker to whom she replies in the same way. She puts her shopping in the bags and turns to the parking lot where only a few cars remain, looking like small boats in a harbour in a dark concrete sea; boats that will take them to the remote island their homes are. The solitary islands of the castaways of society, the solitary homes of the midnight customers.

Thanks Isabel for your help.

                                                    ♠️♠️♠️♠️

Apenas se distingue el sonido que llega por los altavoces. Cree reconocer la melodía pero no está segura porque la calidad es muy mala, se oye en la distancia, como si tuviera que viajar kilómetros a través de colinas y valles desiertos… y quizás sea así. Además, el continuo click de un fluorescente que se enciende y apaga en un bucle infinito impide seguir el ritmo de la canción. Aunque casi podría formar parte de ella. Normalmente ese tipo de cosas le molestan pero lleva tanto tiempo estropeado que casi lo echaría de menos si lo arreglaran. Es tarde y falta poco para que cierren la tienda. Apenas unos pocos clientes quedan ya, y solo un par de empleados: la cajera y un reponedor. Son todos los mismos de siempre, las mismas caras semana tras semana. Caras conocidas de personas ajenas, con vidas de las que no sabe nada, con nombres que desconoce, con los que apenas ha cruzado alguna palabra suelta durante meses pero con los que siempre existen gestos de complicidad apenas perceptibles: un ligero movimiento de cabeza, una medio sonrisa… Es el saludo de lo que podría llamarse “clientes de medianoche”, aquellos que vagan por pasillos casi desiertos, con luces artificiales que guían sus pasos entre sonidos distantes que creen reconocer, deambulando entre estanterías desangeladas con espacios vacíos que deberían estar plagados de ofertas y promociones en los que, sin embargo, se encuentran productos fuera del lugar asignado porque alguien los ha abandonado en el último momento. Son un poco como los propios clientes, los renegados de la sociedad, los que no tienen otro momento para comprar más que el mismo final del día, los que compran productos individuales en lugar de los temidos “pack familiares”, los que por necesidad o por gusto viven en un horario distinto al que marcan las normas, los que habitan al margen de la sociedad y no saben ni quieren retornar a los confines de la misma.

Hace mucho frío en el pasillo de los refrigerados. Coge lo que necesita, o lo que cree que necesita. Por enésima vez ha olvidado la lista de la compra en la encimera de la cocina, así que compra de memoria aunque seguramente habrá alguna cosa que echará en falta al llegar a casa. Y hablando de echar en falta, se da cuenta de que hace varias semanas que no se encuentra con Mr. Frozen. Es un apodo cariñoso, por supuesto, porque no conoce su nombre pero siempre se lo encontraba en el pasillo de los congelados. Es un señor de mediana edad, de actitud pausada, con una mata de pelo que ya quisieran muchos, impecablemente peinada, que ya empieza a virar hacia el gris claro. No es muy alto pero tampoco es bajito y parece mantenerse en forma. Nunca lleva carro sino una cesta de esas de metal que en cuento metes dos o tres cosas pesan como un demonio. Siempre parece tranquilo y relajado, con un semblante de afabilidad y bonanza que inspiraba cierta ternura, y las arrugas en torno a ojos y boca hacían creer que es, probablemente, de risa fácil. No recordaba si habían hablado alguna vez, creía que no, pero semana tras semana se encontraban en el supermercado haciendo la tan tediosa tarea un poco más amable. Pero hace tiempo que no le ve y se pregunta dónde podría estar. ¿Habrá sucumbido a las presiones de la sociedad y ahora compra en otros horarios? ¿O quizás ha decidido comprar en otra tienda?¿Habrá cambiado de barrio o incluso de ciudad? También cabían otras posibilidades más oscuras y catastrofistas: enfermedades o accidentes con fatal desenlace. Un escalofrío le recorre la espalda y no es por las gélidas temperaturas de la sección de congelados. Intenta desechar esos pensamientos ya que tampoco tiene forma de averiguar qué ha pasado realmente. No puede preguntar a nadie por él, ni siquiera conoce su nombre y no cree que ninguno de los empleados se haya fijado en él; al fin y al cabo, por allí pasan cientos de personas a diario. Resulta curioso cómo a veces echamos más de menos aquello que no tenemos que lo que una vez tuvimos y perdimos.

Sigue recorriendo los pasillos intentando recordar qué había anotado en la lista, pero se le hace difícil. Sus pensamientos vuelven una y otra vez a lo mismo. Así que decide quedarse con lo que ya tiene y dirigirse a la caja justo en el momento en el que, por megafonía recuerdan que quedan 10 minutos para el cierre. O eso es lo que interpreta porque no entiende el mensaje. Nunca los entiende, la verdad, sólo adivina qué pueden estar diciendo. Y es justo en ese momento cuando le ve. Está terminando de pagar en caja. Está igual que siempre, no parece más delgado, ni enfermo. La misma sonrisa, la misma cara amable y bonachona. Siente un profundo alivio que hasta le hace sentirse algo avergonzada. Cruzan las miradas y Mr. Frozen hace un gesto de reconocimiento con la cejas. Ella asiente con la cabeza pero no hay palabras de por medio. Él recoge su compra y se aleja. Ella coloca su compra en la cinta y recibe un “Buenas noches” de la cajera al que responde de igual manera. Mete las cosas en la bolsa y se dirige al parking donde apenas unos pocos coches quedan ya, como pequeñas barcas en un puerto de un mar de oscuro cemento; las barcas que les llevarán a las islas remotas que son sus hogares. Las islas solitarias de los naúfragos de la sociedad, los hogares solitarios de los clientes de medianoche.