Caminando, con pasos largos y pausados, las manos a la espalda, con la cabeza alta, despreocupadamente, como si no importara dejar al descubierto el pecho, como un blanco fácil, casi desafiando a dar en la diana. Quizás porque sabe que no lo harán, o quizás sea porque sabe que no necesita las manos, que bastan unas palabras o incluso una mirada de ojos oscuros y penetrantes.

Así recorre los pasillos, día tras día, con la misma actitud relajada, sin apresurarse ni alterarse por lo que pueda suceder alrededor, como si todo estuviese bajo control. Haciendo que los demás sientan que todo está bajo control

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