Hace tanto que no escribo… y qué mejor para retomar esta vieja costumbre que el día de mi cumpleaños. Treinta añazos!!! Y parece que era ayer cuando calculaba con mis hermanas la edad que tendíamos cada una en el año 2011 y nos parecía que seríamos viejísimas, más de lo que eran nuestros padres en ese momento (imposible, pero nos parecía que más de treinta era la senectud absoluta!!!). Y aquí estoy, inaugurando la treintena y lo que me parece ahora es que a pesar de la edad soy demasiado joven como para hacer o tener todas las cosas que la gente espera que hagas o tengas con esa edad: trabajo estable, pareja estable, hijos, plantas, animales de compañía… *huye despavorida*

Pero bueno, no hay que dramatizar. Con la esperanza de vida actual, aún no he llegado al ecuador de mi vida así que hay tiempo, tranquilidad. Así que más que pensar en lo que me queda por hacer (la mayoría de las veces eso se vuelve en tu contra y acaba por apoderarse de tu pensamiento y de tu alma, oscureciendo ambos por igual), prefiero echar un vistazo a todo lo que he hecho con la esperanza de que eso me ayude a afrontar el inicio de esta década con más alegría y esperanza, aunque los tiempos que corren no sean los más propicios para ello.

Lo que sí me hace sonreír, es pensar en todo lo que he vivido hasta ahora y sobre todo las personas con las que he compartido esas experiencias. Familia, amigos, compañeros, e incluso “enemigos” (afortunadamente de estos pocos, aunque alguno siempre hay). Algunos ya no están cerca, bien porque la naturaleza siguió su curso o bien fue la dejadez la que lo hizo; pero la mayoría permanecen conmigo, a mi lado, y seguimos compartiendo momentos y vivencias que hacen que este difícil camino que es la vida valga la pena caminarlo, no por la meta sino por el camino en sí mismo. Y son ellos los que han hecho de mí la persona que soy y los que, probablemente, sigan cambiándome con el paso de los años (espero que para mejor). Como la receta de un viejo plato tradicional cuya receta implantaron mis padres y mis hermanas, al ser mi referencia desde que nací, cocinando a fuego lento y con paciencia lo que sería la base del plato final. Después han ido llegando otras manos que han ido aportando su experiencia y sus gustos, añadiendo un poco de sal aquí, un poco de pimienta por allá o incluso haciendo desaparecer algún que otro ingrediente (fuera la nuez moscada). Sea como sea, todo lo que soy, todo lo bueno que pueda haber en mí, es gracias a la personas que en estos años han vivido conmigo, me han aconsejado, me han enseñado, me han animado a perseguir lo que quería y a plantar cara a la adversidad (con más o menos fortuna). Sin ellos sería una persona incompleta, medio vacía… No imagino la vida sin esos momentos especiales: sin esas charlas virtuales a las 3 de la mañana; sin esas risas descontroladas en la parada de un autobús; sin esos minutos de “éxtasis” compartidos durante un concierto; sin esos desayunos desfrontalizados en la cafetería del hospital tras una noche de locura sin pegar ojo; sin esos gintonics compartidos bailando las mismas canciones una y otra vez; esos viajes relámpagos sólo para pasar unas horas en compañía; sin esas cartas escritas a mano durante días; sin esos cafés a cualquier hora concertados con unas pocas horas de antelación; sin esas vacaciones organizadas con esmero que siempre salen aún mejor de lo planeado; sin esos mensajes de ánimo y de felicitación según la ocasión; sin esos abrazos por sorpresa con arrancamiento de pendientes incluido; sin esos descubrimientos de canciones o películas que te remueven por dentro; sin todos esos momentos que no son especiales tanto por el momento en sí como por con quién se comparten.

Puede que aún no haya hecho nada que vaya a perdurar en el tiempo pero desde luego, en mi corazón hay tantas huellas imborrables que no podría contarlas, aunque sí recordarlas hasta el final de mis días. Gracias a todos por esas pequeñas marcas porque son lo que hacen de estos años lo que son… mi vida.

 

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