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  If there is heaven, background music has to be Sigur Rós’ music. If angels exist, they have to look like Sigur Rós and above all, they have to sing like Jónsi. Because if not, it wouldn’t be heaven.

  This last night was one of the most moving nights in the last years, if not in my whole life. It’s true that, being far away from everybody, missing all those I’ve shared moments like that with, made the situation even more touching, but Sigur Rós need very little to bring a tear to my eye with their first note. From the beginning , and thanks to a remarkable use of the lights and images, they manage to take you to another world, a place where neither time nor space exists, where only they exist and, probably that is the place they come from because they don’t seem to be humans. Everything is so unreal… especially Jónsi’s voice. That voice taken out from a fairy tale. What kind of human being can hold a falsetto for a minute? What any other band in the world can make an audience of thousands of people keep such a respectful silence during the most part of the songs, only broken by the cheers and applauses at the end of each one?

  There’re many people who don’t like Sigur Rós. Most of them say they “don’t understand them” but, to me, that’s the problem. What do you need to understand? Sigur Rós are emotions turned into music, a blow in your chest, painless, but that takes your breath away. Every song is like a wave of feelings hard to describe and impossible to control. Their concerts are like running a marathon you are not ready for, that leaves you exhausted, to the limit of your strength but satisfied, bursting with joy and willing to run the next one.

  And that’s how I feel, looking forward to my next appointment with heaven in earth; my next meeting with those beings from another world; my next concert of Sigur Rós, though this one is already sticked in my mind.

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  Si existe el cielo, la música de fondo tiene que ser la de Sigur Rós. Si existen los ángeles, tienen que parecerse a Sigur Rós y, sobre todo, tienen que cantar como Jónsi. Porque si no es así, no sería el cielo.

 Lo de anoche fue uno de los momentos más emotivos de los últimos años si no de mi vida. Si bien es cierto que el estar lejos de todos, acordarme de la gente con la que he compartido momentos similares lo hizo aún más emotivos, poco le hace falta a Sigur Rós para arrancarme las lágrimas desde la primera nota. Desde el comienzo, y gracias a un extraordinario juego de luces e imágenes, son capaces de transportarte a un lugar donde no existen el tiempo ni el espacio, donde sólo existen ellos y, probablemente, ése sea el lugar del que proceden porque no parecen humanos. Todo es tan irreal… especialmente la voz de Jónsi. Esa voz sacada de un cuento de hadas. ¿Qué ser humano puede mantener un falsetto durante 1 minuto?¿Qué otra banda en el mundo es capaz de hacer que una audiencia de miles de personas mantenga un respetuoso silencio durante la mayor parte de las canciones, sólo roto por los aplausos al final de las mismas?

  Hay mucha gente a la que no le gusta Sigur Rós, la mayoría dicen que porque “no les entienden” pero ése es, en mi opinión, el problema. ¿Qué hay que entender? Sigur Rós son emociones echas música, un estallido en el pecho, indoloro, pero que te deja sin aliento. Cada canción es una oleada de sentimientos difíciles de describir e imposible de controlar. Un concierto suyo es como correr una maratón para la que no estás preparado, que te deja exhausto, al límite de tus fuerzas, pero satisfecho, rebosante de felicidad y con ganas de correr el siguiente.

  Y así estoy yo, deseando que llegue mi próxima cita con el cielo en la tierra, mi próximo encuentro con seres de otro mundo. Mi próximo concierto de Sigur Rós, aunque éste ya ha quedado grabado a fuego en mi memoria.

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