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  If you decide to fight against reality, for every hit you give, you will receive one even harder. You will regain your feet, but she will knocked you down once more. Again and again, more painful every time, picking up more pieces every time. Does it stop hurting someday or do you get used to the blows? I don’t think so. Though it’s true that the more pieces, the smaller they are, the more difficult to keep on breaking them. And it’s so difficult to resist fighting, the idea of another world is so tempting, another life, happier, less cruel. Even though we know that idea is not only unlikely but impossible, maybe even harmful for us, we cling to it so tightly; it’s so easy to succumb to it despite we see it vanishing again and again. Like that cloud in a human face shape, almost perfect, which in a few seconds is torn by the wind but, instead of accepting it and turn our eyes down to see the path we have to follow, we’d rather see not a face but a whole perfect human body. And so on and on, adapting the idea according to the blowing wind, but always looking up there, refusing to look down to the floor under our feet.

  That’s me, hung onto that idea, the most stupid one, the one that not only won’t happen but shouldn’t happen. That’s me, picking up the pieces, some of them so small that won’t be seen among the dust. That’s me, not giving up even though I knew this fight was lost before it started.

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  Si decides luchar contra la realidad, por cada golpe que des, recibirás uno aún más fuerte. Te levantarás, pero te volverá a tumbar. Una y otra vez, cada vez más dolorido, cada vez recogiendo más pedazos. ¿Deja de doler en algún momento, te acostumbras a los golpes? No lo creo. Aunque también es cierto que cuantos más trozos, cuantos más pequeños son los pedazos, más difícil es seguir rompiéndolos. Y es tan difícil resistirse a luchar, es tan tentadora la idea de otro mundo, de otra vida más feliz, menos cruel. Aún cuando sabemos que esa idea no es sólo improbable sino imposible, incluso puede que perjudicial para nosotros, nos aferramos con tanta fuerza, nos es tan fácil sucumbir a ella a pesar de ver cómo se desvanece una y otra vez. Como esa nube con forma de rostro casi perfecto que en pocos segundos es desgarrada por el viento pero que, en lugar de aceptarlo y bajar la cabeza para mirar el camino por el que tenemos que seguir, preferimos no ver un rostro, sino un perfecto cuerpo humano en su lugar. Y así una y otra vez, adaptando la idea según el viento que sopla, pero siempre buscando más allá, negando a mirar el suelo bajo nuestros pies.

  Esa soy yo, aferrada a esa idea, la más estúpida de todas, la única que no sólo no va a pasar sino que no debería pasar. Esa soy yo, recogiendo los pedazos, algunos tan pequeños que pasarán desapercibidos entre el polvo. Esa soy yo, sin darme por vencida aún sabiendo que esta batalla estaba perdida incluso antes de que empezara.

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