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It’s hard to identify the sound coming from the speakers. She thinks she can recognize the melody but she is not sure because the quality is really bad. It’s coming from far away, as the sound had to travel miles through hills and desert valleys… and it might have to. Besides, the continuous click of a fluorescent lamp switching on and off in an infinite loop impedes to follow the rhythm of the song. Although it could even be part of it. Usually that kind of things disturbs her but it has been broken for so long that she would almost miss it if it was fixed. It’s late and the shop will be closed soon. Just a few customers left and a couple of workers: the checker and the storekeeper. They are all the same people, the same faces week after week. Familiar faces of strange people, with unknown names and lives she knows nothing about, with whom she has barely exchanged a couple of words for months but there are always complicity gestures, almost imperceptible: a tiny movement of the head, a half smile… It’s the greeting of those who could be called “midnight customers”, those who wander across almost desert aisles, with artificial lights to guide their ways through distant sounds they believe to recognize, rambling among soulless shelves with empty spaces that should be full of sales and promotions but instead, you find products out of their designated places because somebody has abandoned them in the last moment. They are, somehow, like those customers, renegades from society, those who have no other moment to do the shopping but at the very end of the day, those who buy individual products instead of the feared “family pack”; those who, by choice or necessity, live in different hours of those stablished by rules, those who dwell in society margins and neither know or want to return to the confines of social life.

It’s really cold in the frozen section. She takes what she needs or what she thinks she needs. For a thousandth time she has forgotten the shopping list on op of the kitchen table, so she buys from memory although she will surely be missing something when she gets home. And talking about missing, she realizes it’s been a few weeks since she met Mr. Frozen for the last time. It’s just a nickname, of course, because she doesn’t know his name but she always meets him in the frozen aisle. He is a middle aged man, with a leisurely attitude, nice and thick hair of which many would be jealous, impeccably brushed, starting to turn into light grey. He is neither tall nor small, and he seems to be in good shape. He never takes a trolley but one of those metallic baskets that, as soon as you put two or three things inside, they are heavy as hell. He always seems to be calm and relaxed, with a face of affability and kindness that inspires tenderness, and the wrinkles around his eyes and mouth makes you think he is, probably, prone to laugh. She cannot remember if they have ever spoken. She reckons they haven’t, but week after week they met at the supermarket, making that tedious task a bit lighter. But she hasn’t met him for a while and now she wonders where he can be. Will he have succumbed to the pressures of society and now he does the shopping in regular hours? Or maybe he has decided to shop in another supermarket. Will he have moved to another suburb or even city? There were also other possibilities more catastrophist and darker: illness or accidents with a fatal outcome. A shiver runs through her spine and it’s not due to the icy temperatures of the frozen section. She tries to cast aside those thoughts since she has no way to figure out what has happened. She cannot ask about him to anyone, she doesn’t know his name and she believes none of the workers will have noticed him; in the end, hundreds of people do the shopping there every day. It is funny how sometimes, we miss the most the things we don’t have instead of what we once had and lost.

She keeps on going through the aisles trying to remember what she had written on the list, but it is hard. Her thoughts go back over and over to the same thing. So she decides to keep what she already has and turns to the till just as the speakers remind that only 10 minutes are left until closing time. Or that is what she interprets because she doesn’t understand the message. She never does, actually, she just guesses what they say. And in that very moment is when she sees him. He is finishing paying at the till. He looks like always. The same smile, the same kind and friendly face. Her relief is so deep that she even feels ashamed. His gaze meets hers and Mr. Frozen makes a movement with his eyebrows as he recognises her. She nods but there are no words. He picks up his shopping bags and goes away. She puts her stuff on the till and is welcomed with a “good evening” from the checker to whom she replies in the same way. She puts her shopping in the bags and turns to the parking lot where only a few cars remain, looking like small boats in a harbour in a dark concrete sea; boats that will take them to the remote island their homes are. The solitary islands of the castaways of society, the solitary homes of the midnight customers.

Thanks Isabel for your help.

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Apenas se distingue el sonido que llega por los altavoces. Cree reconocer la melodía pero no está segura porque la calidad es muy mala, se oye en la distancia, como si tuviera que viajar kilómetros a través de colinas y valles desiertos… y quizás sea así. Además, el continuo click de un fluorescente que se enciende y apaga en un bucle infinito impide seguir el ritmo de la canción. Aunque casi podría formar parte de ella. Normalmente ese tipo de cosas le molestan pero lleva tanto tiempo estropeado que casi lo echaría de menos si lo arreglaran. Es tarde y falta poco para que cierren la tienda. Apenas unos pocos clientes quedan ya, y solo un par de empleados: la cajera y un reponedor. Son todos los mismos de siempre, las mismas caras semana tras semana. Caras conocidas de personas ajenas, con vidas de las que no sabe nada, con nombres que desconoce, con los que apenas ha cruzado alguna palabra suelta durante meses pero con los que siempre existen gestos de complicidad apenas perceptibles: un ligero movimiento de cabeza, una medio sonrisa… Es el saludo de lo que podría llamarse “clientes de medianoche”, aquellos que vagan por pasillos casi desiertos, con luces artificiales que guían sus pasos entre sonidos distantes que creen reconocer, deambulando entre estanterías desangeladas con espacios vacíos que deberían estar plagados de ofertas y promociones en los que, sin embargo, se encuentran productos fuera del lugar asignado porque alguien los ha abandonado en el último momento. Son un poco como los propios clientes, los renegados de la sociedad, los que no tienen otro momento para comprar más que el mismo final del día, los que compran productos individuales en lugar de los temidos “pack familiares”, los que por necesidad o por gusto viven en un horario distinto al que marcan las normas, los que habitan al margen de la sociedad y no saben ni quieren retornar a los confines de la misma.

Hace mucho frío en el pasillo de los refrigerados. Coge lo que necesita, o lo que cree que necesita. Por enésima vez ha olvidado la lista de la compra en la encimera de la cocina, así que compra de memoria aunque seguramente habrá alguna cosa que echará en falta al llegar a casa. Y hablando de echar en falta, se da cuenta de que hace varias semanas que no se encuentra con Mr. Frozen. Es un apodo cariñoso, por supuesto, porque no conoce su nombre pero siempre se lo encontraba en el pasillo de los congelados. Es un señor de mediana edad, de actitud pausada, con una mata de pelo que ya quisieran muchos, impecablemente peinada, que ya empieza a virar hacia el gris claro. No es muy alto pero tampoco es bajito y parece mantenerse en forma. Nunca lleva carro sino una cesta de esas de metal que en cuento metes dos o tres cosas pesan como un demonio. Siempre parece tranquilo y relajado, con un semblante de afabilidad y bonanza que inspiraba cierta ternura, y las arrugas en torno a ojos y boca hacían creer que es, probablemente, de risa fácil. No recordaba si habían hablado alguna vez, creía que no, pero semana tras semana se encontraban en el supermercado haciendo la tan tediosa tarea un poco más amable. Pero hace tiempo que no le ve y se pregunta dónde podría estar. ¿Habrá sucumbido a las presiones de la sociedad y ahora compra en otros horarios? ¿O quizás ha decidido comprar en otra tienda?¿Habrá cambiado de barrio o incluso de ciudad? También cabían otras posibilidades más oscuras y catastrofistas: enfermedades o accidentes con fatal desenlace. Un escalofrío le recorre la espalda y no es por las gélidas temperaturas de la sección de congelados. Intenta desechar esos pensamientos ya que tampoco tiene forma de averiguar qué ha pasado realmente. No puede preguntar a nadie por él, ni siquiera conoce su nombre y no cree que ninguno de los empleados se haya fijado en él; al fin y al cabo, por allí pasan cientos de personas a diario. Resulta curioso cómo a veces echamos más de menos aquello que no tenemos que lo que una vez tuvimos y perdimos.

Sigue recorriendo los pasillos intentando recordar qué había anotado en la lista, pero se le hace difícil. Sus pensamientos vuelven una y otra vez a lo mismo. Así que decide quedarse con lo que ya tiene y dirigirse a la caja justo en el momento en el que, por megafonía recuerdan que quedan 10 minutos para el cierre. O eso es lo que interpreta porque no entiende el mensaje. Nunca los entiende, la verdad, sólo adivina qué pueden estar diciendo. Y es justo en ese momento cuando le ve. Está terminando de pagar en caja. Está igual que siempre, no parece más delgado, ni enfermo. La misma sonrisa, la misma cara amable y bonachona. Siente un profundo alivio que hasta le hace sentirse algo avergonzada. Cruzan las miradas y Mr. Frozen hace un gesto de reconocimiento con la cejas. Ella asiente con la cabeza pero no hay palabras de por medio. Él recoge su compra y se aleja. Ella coloca su compra en la cinta y recibe un “Buenas noches” de la cajera al que responde de igual manera. Mete las cosas en la bolsa y se dirige al parking donde apenas unos pocos coches quedan ya, como pequeñas barcas en un puerto de un mar de oscuro cemento; las barcas que les llevarán a las islas remotas que son sus hogares. Las islas solitarias de los naúfragos de la sociedad, los hogares solitarios de los clientes de medianoche.

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