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Ni siquiera ha sonado el despertador pero ya hace rato que abandoné los brazos de Morfeo. Últimamente parece que nuestra relación no es lo que era. Me gustaría poder darme la vuelta, cerrar los ojos y seguir durmiendo, pero sé que no lo voy a conseguir. Me bato en duelo conmigo misma en la eterna discusión entre “un ratito más” y “luego te quejas de que se te va el día sin haberlo aprovechado”. Hoy ha ganado mi yo más activo, aunque me levanto con un mal presentimiento. 

Aprovecho la mañana para dejar comida hecha para la mayor parte de la semana. Lo de no llegar a casa antes de las 21.30 limita mis menús, sobre todos los nocturnos. Tampoco es que los diurnos sean un banquete; cuando tienes que comer a  12.30 sin apenas hambre… Pero claro, van a ser diez horas sin probar bocado así que aunque sea a la fuerza algo hay que meterse entre pecho y espalda. El trajín de la mañana impide que esa oscura sensacion se apodere de mí, pero según se acerca la hora de irme a trabajar, un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza. En honor a la justicia debo decir que aunque muchos días tengo ese mismo presentimiento, muchas veces no se cumple. Otras sí, pero son las que, por desgracia, pesan más en mis recuerdos.

Llego pronto al trabajo, como casi siempre. Es lo que tiene ser una agonías. Además estoy de avisos, lo que significa que si tengo alguno, debería ir a hacerlo antes de empezar la consulta, que luego la cosa se complica. Tampoco sería la primera vez que llego y tengo cuatro domicilios que visitar. De momento tengo dos, uno de ellos es alguien a quien conozco, el otro no, así que voy a buscar una consulta donde poder revisar la historia. La mía sigue ocupada por el médico de la mañana (y no parece que vaya a acabar pronto, tiene cinco o seis personas fuera esperando). Me cuelo en la de la matrona, ella hoy no está. En el aviso del paciente desconocido pone “costipado” aunque la valoración la ha hecho el que atendió el teléfono. En la historia no aparece nada reseñable, sólo que nunca viene a consulta. Quizás lo pueda resolver por teléfono, si sólo es un catarro… Hablo con el familiar y no cuenta, ni por asomo, algo que se parezca a un resfriado. Es más, no me gusta lo que cuenta: desorientación, dificultad para caminar, discurso incoherente… Y eso desde anoche a las 22h, y son las 13.45h. Le digo que voy ahora mismo. Dejo el segundo aviso para ver si lo puedo hacer a la vuelta al centro de salud, antes de las 15h que empiezo la consulta que, por cierto, está llena, los 54 huecos, lo que significa que hoy llego a los 60 pacientes fijo. Si por algo no quería levantarme esta mañana. 

Ya voy de camino al segundo domicilio. El primero ha sido rápido porque en cuento lo he visto, lo he tenido claro. De hecho, voy hablando por mi móvil con el servicio de urgencias para solicitar una ambulancia urgente. ¿Motivo? Me preguntan desde el otro lado del teléfono. Un ictus, respondo, pero no activéis el código que ya lleva más de 12 horas de evolución. La mandarán en seguida, me dicen. Menos mal. A ver si luego puedo llamar a preguntar qué ha pasado. Cuelgo justo cuando llego al portal de la segunda paciente. Salió de un ingreso de dos meses hace unas dos semanas. La situación es muy mala porque tiene una demencia muy avanzada, apenas come ya. La familia lo sabe y de hecho creíamos que no aguantaría el ingreso, pero está luchando como una jabata. Menos mal que ya no es consciente de que su marido falleció hace 20 días. Eso sí nos pilló por sorpresa. Se lo llevó una neumonía. Pobrecito, y pobre su hija que no tiene tiempo ni para llorarle porque su madre requiere toda su atención. Cuando me abre la puerta me dice que está muy mala, que desde ayer ni come ni bebe y hoy no responde. Según entró en el cuarto, no me quedan dudas. Aun así, le cojo la mano y hablo con ella. La explico que voy a auscultarla y tomarle la tensión. No responde al tacto y respira muy erráticamente. Justo llega su hijo. Hablo con ellos e intento ser suave aunque clara: no creo que aguante hasta mañana. Ella quiere que se quede en casa hasta el final, él no lo tiene claro. Intento mediar y explicarles, desde mi experiencia, lo que creo mejor para ellos y, sobre todo, para la paciente. De momento se queda en casa. Les explico cómo hacer que esté lo más cómoda posible. Llamaré a media tarde para ver qué tal y les dejo un teléfono directo por si necesitan cualquier cosa. Me pasaré al final de la consulta de todas formas. 

Al llegar al centro de salud veo que ya son las 15.15h o, lo que es lo mismo, que ya voy con retraso antes de empezar. Además ya tengo citadas dos urgencias de clavo. Cómo me duele la cabeza, y debería ir al baño pero me agobia tener gente esperando así que empiezo sin más. Los primeros son “fáciles”, sólo algunas revisiones de pacientes de baja. Pero la cosa se va complicando. Ya llevo más de una hora de retraso y, cada vez que salgo a nombrar tengo que explicar que llevo mucho retraso y que por favor tengan paciencia. Por suerte la mayoría la tiene, y son comprensivos, pero otros no hacen más que protestar cada vez que salgo lo que no hace sino retrasarme más. Tengo la garganta seca pero no bebo porque si bebo tengo que ir al baño, y no tengo tiempo. 

Son las 17.30 y sigo con casi hora y media de retraso. A las 18.30 y hasta las 19h tenemos un descanso de 30 min, en teoría para tomar un café y tal… Rara vez lo uso, alguna tarde salgo 10 min de la consulta par despejarme y bajar al aseo, pero la mayoría de las veces me sirve para poder acortar el retraso que llevo. Justo estoy pensando en eso cuando suena el teléfono de la consulta. El corazón me da un vuelco por si es otro aviso. Y lo es. De un paciente de otro centro pero que, por zona, nos corresponde a nosotros. Me pasan a la persona que llama. Es el padre. Su hija lleva 72h sentada en la cama, mirando a la pared, sin comer, sin beber, sin hablar y sin moverse. No pueden llevarla al hospital ni les dice qué le pasa. Están muy asustados. En las últimos 48h tres médicos han hablado con ellos por teléfono y les han dicho que la tienen que convencer para ir al hospital. Ella no se quiere poner al teléfono. Les digo que estoy en mitad de la consulta y que iré en cuanto pueda. Están muy angustiados pero lo entienden. Cuelgo y sigo pasando la consulta disculpándome por tercera vez con el paciente que ya estaba en la consulta y al que había dejado con la palabra en la boca. 

No dejo de pensar en el último aviso. Son las 19.30 y todavía no he ido. El colchón de media hora me ha servido de poco. Sigo con 30 min de retraso. Me huelo que voy a tener que tramitar un traslado involuntario, y eso me produce mucha ansiedad. Es muy desagradable, para todos. Así que, a pesar de tener a 7 personas eso la sala de espera, cojo el abrigo y les digo que tiene que seguir esperando, que me tengo que ir a un domicilio urgente. Unos protestan, otros se resignan y otro me mira enfadado y se va. Siento de verdad irme así pero no tengo fuerzas para dar más explicaciones. 

En el domicilio los padres de la chica están muy preocupados. Los dos pasan de los 80 años y no saben qué hacer. Cuando entro al cuarto ella se aferra con las dos manos al cabecero, pero no me mira. Ni me habla. Hablo con ella, bueno, ella escucha (o eso creo) durante 20 minutos, con la mente divida entre ella y las personas que dejé en la consulta. Le explico lo del traslado forzoso. No hay reacción. No puedo hacer más, me temo. Tengo que explicárselo a la familia y también hablar con la comisión porque hay que cumplimentar un protocolo en estos casos. Llegados a este punto sólo pienso en cuánto retraso voy a llevar cuando llegue. Y en que no he llamado a la paciente del segundo aviso. 

Llego casi corriendo al centro de salud y me meto de nuevo a la consulta. Podría haber aprovechado para ir al baño, total, por dos minutos más… pero en ese momento ni se me ocurre. Sigo viendo pacientes, sólo dos se han ido, aunque hay citada otra urgencia. Aprovecho que uno de esos pacientes es un habitual de los más majos para llamar y solicitar el traslado forzoso. Vale, todo correcto pero hasta que no recibamos el Fax no se puede dar la orden. Bueno, sólo me quedan dos pacientes fuera, así que ya me espero a bajar para poder mandarlo, aunque no dejo de pensar en el tiempo que lleva esa familia esperando. 

Por fin la sala de espera vacía. Son las 20.40 y bajo a mandar al FAX. Al menos sé que ya no me puede salir otro aviso. Compruebo el OK y subo a recoger para irme al domicilio de la paciente que vive al mediodía. Pero antes llamo de nuevo a la comisión para asegurarme de que han recibido el fax. Todo en orden y la ambulancia en camino. Menos mal. Ya son las 21h y, en teoría, mi jornada ha terminado. Aunque hoy parece que nunca se acabe. 

En el domicilio todo sigue igual. La paciente está muy tranquila. No tiene dolor ni está agitada. Han decidido que se quede en casa. Intento hacer refuerzo positivo de la decisión y explico qué hacer si hay fiebre, o se queja… y también los pasos a seguir si el desenlace ocurre durante la madrugada. Es lo único que puedo hacer, intentar que todo sea lo más fácil posible. Me despido de los hijos y de ella. Le cojo la mano y le acaricio la mejilla pero no hay respuesta ninguna, aunque parece que en esos momentos la respiración es una poco menos agónica. Creo que son imaginaciones mías.  Ya en el coche noto que me va a explotar la cabeza, o la vejiga, o ambas; pero antes de arrancar, vuelvo a llamar a urgencias. Les extraña que un médico de familia llame a esas horas. Es sólo para avisar de que si llaman de ese domicilio, el fallecimiento es esperado y quizás así sea más fácil para la familia y para los compañeros que vayan a verla sin saber de qué va todo. 

Es más allá de la una y media de la madrugada. Estoy agotada pero no concilio el sueño. Mi cabeza es un hervidero de cosas, recuerdos y datos. Me preocupan los pacientes que derivé a urgencias. Me pregunto si la paciente habrá descansado por fin. Y sobre todo me preocupa que, por ir tan rápido, por no tener tiempo para analizar las cosas, se me haya pasado algo, algo importante. Quizás mañana pueda revisar los pacientes que vi hoy, si tengo tiempo. Aunque la agenda ya estaba llena para mañana. Quizás si no salen avisos ni muchas urgencias, y si voy un poco antes de mi hora… Ya veremos. Mañana será otro día. Un día cualquiera.

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