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Vivir en una realidad paralela tiene sus riesgos. Mientras vives en ella puedes modificar el mundo a tu antojo, creyendo ser feliz en él a pesar de que esa felicidad es tan irreal como las bases sobre las que se asienta. Pero eso no suele importar mientras dura el autoengaño.El problema viene cuando hay que abandonar ese mundo imaginario para enfrentarse al real, corriendo el riesgo de destruir tus propios cimientos como persona. Cada vez que vuelves a la realidad desde tu mundo de fantasía, aparecen grietas en tu estructura, la que te sustenta. Al principio son pequeñas y apenas se notan. Son como las marcas que van apareciendo en la porcelana después de años de uso. Pequeñas marcas grises sobre un fondo blanco que no denotan un riesgo inminente. Pero cada vuelta a la realidad agranda esas grietas. Es como si estuvieses permanentemente en una zona de alto riesgo sísmico. Pequeñas sacudidas diarias, a veces incluso varias al día, muchas imperceptibles, pero que van debilitando poco a poco la base sobre la que te has levantado a lo largo de los años. Cada sacudida abre una nueva grieta o profundiza las que ya había, formando un entramado que recuerda a los arroyuelos que no son nada, pero que, uniéndose unos a otros forman un riachuelo, y luego un río que pacientemente erosiona el terreno por el que discurre hasta que, sin darnos cuenta, se desborda en tromba hasta alcanzar el mar, arrastrando a su paso todo lo que se encuentra. 

Así se van uniendo esas grietas, unas con otras, resquebrajando y debilitando unos cimientos que parecían sólidos pero que, poco a poco se van desmoronando hasta que, sin previo aviso, todo se viene abajo. Y ya no hay más realidad que la de la destrucción y el caos absoluto, los restos de una vida sepultados bajo toneladas de escombros que se antojan imposibles de movilizar. La esperanza de rescatar algún superviviente perdiéndose cada día que pasa para acabar enterrada junto a todo lo demás, en una tumba tan imaginaria como el mundo paralelo que provocó el fatal desenlace.

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