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Se sentó por fin en el suelo, exhausta, después de horas y horas seleccionando, revisando, envolviendo y empaquetando en cajas. Ahora, cuando el sol empezaba a ocultarse tras los edificios y el cielo adquiría ese color rosado tan característico, las pilas de cajas a su alrededor comenzaban a dibujar largas sombras sobre el suelo y sobre las paredes ahora vacías y deslucidas; incluso sobre ella, con cierto aspecto amenazador, como grandes torres en riesgo constante de caer. Eran torres llenas de historias, recuerdos, cosas ya pasadas e incluso algunas olvidadas pero de las que se resistía a deshacerse, como si fueran lo único que de verdad la unía al mundo real, algo tangible a lo que poder aferrarse. Siempre esa misma sensación absurda pero irremediable. No sólo guardaba objetos, también emociones, sentimientos, historias y sueños. Algunos de esos sueños nunca volvían a aparecer. Se perdían en el inmenso caos de las mudanzas, como pasa siempre con algún objeto, o como con ese calcetín desparejado que un día perdió a su compañero y del que nunca más se supo. Pues así pasa a veces con los sueños. Se guardan en una caja imaginaria que, sin saber cómo ni cuándo ni por qué, se pierde en la inmensidad de la mente humana o en la oscuridad que todos albergamos en nuestros corazones. Pero ya le había cogido el truco a eso de empaquetar. Hasta había perdido la cuenta. Se había pasado media vida metiendo y sacando cosas de cajas de cartón, trasladando cajas de un lado a otro. De casa en casa, de ciudad en ciudad e incluso de país en país. Daba la sensación de que estaba siempre en constante movimiento, de un lado para otro. Quizás fuese esa la idea. Hacerse creer a sí misma que estaba en constante evolución cuando en realidad no iba a ninguna parte. Como los molinillos de viento que clavamos en nuestras macetas, movidos por el viento, girando sin parar pero hundidos irremediablemente en la tierra, sin poder avanzar o retroceder, hasta que el paso del tiempo y las inclemencias de la vida desgasten sus aspas y no pueda girar más. 

Se levantó del suelo dolorida cuando ya todo era sombra a su alrededor. Se dirigió a la puerta de la habitación y echó la vista atrás. Apenas se distinguían ya las formas de las cajas apiladas a contraluz, pero allí estaba su vida que escasamente llenaba una simple habitación. Cerró la puerta tras de sí pesando que tal vez fuera la última aunque algo en su interior le decía que probablemente sólo fuera una más. 

                                                        ♠️♠️♠️♠️

She sat down on the floor, exhausted, after hours and hours classifying, checking, wrapping and packing boxes. Now, when the sun was starting to disappear behead the buildings and the sky was turning into that particular pink, the piles of boxes around her started to cast long shadows over the floor and walls now empty and tarnished; even over her, looking threatening, like big towers in permanent risk of falling. They were towers full of stories, memories, things already past and some of them even forgotten but she was reluctant to get rid of them as they were the only real thing that connected her to the world, something tangible she could hang onto. Always that absurd but irremediable feeling. She put in not only objects but also emotions, feelings, stories and dreams. Some of those dreams would never appear again. They would get lost in the enormous chaos of move, as it always happens with some object, or like that mismatched sock that lost its pair one day and it never appeared again. Sometimes that is what happens with dreams. They are put into an imaginary box that, without knowing how or when or why, gets lots in the immensity of the human mind or in the darkness we all harbour in our hearts.

But she was starting to get the hang of packing. She had lost track of how many times. She had spent half of her life putting things in and out of cardboard boxes, moving them from one place to another. From house to house, from city to city or even country to country. It felt she was always on the move, from place to place. Maybe that was the idea, to make herself believe that she was in permanent evolution when, actually, she was going nowhere. Like a toy windmill that we stuck in our flowerpots, moved by the wind, spinning without a break but irremediably buried into the ground, unable to move forward or backward until the past of the time and the inclemency of the weather wear away its blades and stop it from spinning. 

She stood up soared when everything around her was already dark. She went to the door and looked back. She could barely discern the shape of the boxes heaped against the light, but there was her life that scarcely occupy a small room. She closed the door behind thinking that it might be the last time but something inside told her that it was probably just another one.

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