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18/6/17

¡¡Por fin estamos de vacaciones!! Toca madrugar aunque de los nervios apenas hemos dormido mucho. Hay que ir al aeropuerto a coger el vuelo a Cardiff y nos toca ir a la última puerta de embarque de la T4 que está a tomar viento. Pero la emoción nos embarga y nos da un poco igual, incluso nos da igual el “bibitrajo” que nos han dado en la cafetería de la terminal haciéndolo pasar por café. Tenemos que pasar múltiples controles de seguridad (sin incidentes reseñables, ya me extraña) y la teoría de Ra es que están preparando la T4 para los viajes a Reino Unido una vez que se formalice el Brexit ya que habrá que pasar controles más exhaustivos al poner frontera y aduana (vaya coñazo!). Hay poca gente para nuestro vuelo (menos mal), sobre todo británicos requemados y algún español con cara de asustado. De hecho, ya en el vuelo, la gente se va cambiando de asiento a conveniencia ya que hay asientos libres de sobra. No sé si por la hora de vuelo o porque Cardiff es un destino que acaba de implantar Iberia (creo que somos las primeras o segundas en usarlo!).

El vuelo transcurre pacíficamente, aterrizaje perfecto, maletas en hora… todo es idílico. Es sólo la calma que precede a la tormenta. Salimos del aeropuerto y tenemos que llamar a la agencia de alquiler de coches para que vengan a buscarnos porque está un poco apartada del aeropuerto (a 5 min en coche según la info de internet). Raquel ha dicho que en todo el viaje hablo yo “para que no se me olvide el inglés” así que llamo con miedo porque nunca entiendo lo que me dice la gente por teléfono (ni siquiera en español). Pero más o menos consigo captar dónde tenemos que esperar al conductor, que aparece unos 5 min más tarde en un Ford Fiesta (que es el que en teoría hemos alquilado nosotros). Y se baja del coche el hermano británico de “a cara de perro” (no sé de qué va el programa, sólo he visto el anuncio). Un señor rapado al cero, con un cordón de oro que haría las delicias de cualquier patriarca, con pocos centímetros de piel visible bajo ríos de tinta que surcan bíceps como mi cabeza y embutido en una camiseta que no le vale ni a mi sobrina de 7 años. Nos montamos en el coche y nos dirigimos a la oficina. Primer momento crítico, el tipo sale del aeropuerto, da un giro a derecha, luego a izquierda y aparecemos en una carretera completamente asilvestrada, con matojos por todas partes, mal asfaltada y donde no cabe más que el coche en el que vamos. Miro de reojo a Ra y veo mis pensamientos reflejados en su cara “nos van a secuestrar y robar todos los órganos”. Más adelante descubriremos que eso es lo que ellos llaman una carretera “secundaria” (JA!) y que son las predominantes en el país. Dispuesta como estoy a atizarle con el cargador del móvil, aparecemos por arte de magia en el Holiday Inn del aeropuerto donde se encuentra la oficina de alquiler. ¡Qué malos son los prejuicios! Vamos a hablar con el oficinista y nos dice que son las 11h, que llegamos muy pronto y que, por motivos del seguro bla bla, el coche no nos lo puede dar hasta las 12h, y que podemos tomarnos un café en el hotel mientras. Café dice! Otro brebaje a base de cosas muertas imagino porque el aspecto y el sabor distan mucho de parecerse a un café. Por cierto, que llegamos en plena ola de calor y hace una humedad preciosísima!

Por fin hacemos el papeleo, cogemos el navegador llamado iPrimo (luego descubriremos que el primo lo hemos hecho nosotras porque se orienta más o menos como yo con una botella de lambrusco encima) y vamos al coche que… sorpresa! No es automático (cosa que especificamos en el alquiler). El señor muy amablemente nos dice que no tienen coches automáticos pero que “You’ll be fine”. Sí, nosotras sí, el coche no lo tengo tan claro. Encima tenemos que pedirle el cubremaletero porque vamos a viajar con las maletas en el coche todo el rato. En fin, que quedamos en que lo coge primero Raquel que parece que se apaña bastante bien con las marchas (ése se convertirá en el menor de nuestros problemas) e intentamos poner el próximo destino en el navegador que, por defecto, busca todas las direcciones en Birmingham (no preguntéis por qué y juro que por mucho que lo intentamos, fuimos incapaces de cambiarlo así que teníamos que hacerlo a cada momento). Buscamos la ruta a Swansea y siguiendo las indicaciones de Miguel (así que se llamaba “la voz” de la opción idioma español masculino) entramos en una de esas maravillosas carreteras secundarias y aparecemos en un paraje perdido, como a 5km del aeropuerto, en un bar/restaurante en la mitad de la nada, sin salida por lo que tenemos que dar la vuelta, volver al aparcamiento del Holiday Inn e insistirle a Miguelito en que nos lleve a Swansea, que por fin nos hace caso y nos dirige a la ciudad, por carreteras adecuadas y por la Autopista. Vamos un poco estresadas: Ra porque conduce por primera vez por la izquierda y yo porque veo muy cerca las cosas por mi ventanilla y encima no me fío nada del dichoso navegador. Pero llegamos sanas y salvas a Swansea. Encontramos el B&B que es una maravilla, el señor es un encanto y la habitación maravillosa. Aparcamos el coche en frente (es domingo y podemos aparcarlo ahí siempre que lo dejemos antes de las 9 del lunes) y nos vamos a recorrer la ciudad. Eso sí, antes de eso nos cambiamos de ropa a pantalón corto, tirantes y sandalias porque el calor es terrorífico! La ciudad no tiene muchos monumentos que ver y es más dar paseos por aquí y por allá, el puerto… y la playa infinita que tiene. Decidimos pasear por ella así que fuera sandalias y con los pies en el agua (quién nos lo iba a decir), y de paso recogemos un montón de conchas para mi madre que quiere ponerlas de adorno. La playa tiene kilómetros de recorrido (no sé cuántos exactamente) y se ve toda la bahía. Lo recorremos y llegamos al otro lado de la ciudad, acaloradas como nunca y deseando encontrar un sitio para tomar algo. Más tarde descubriremos que nos hemos achicharrado “un poquito”. Después de muchas vueltas, para arriba y para abajo, de la ciudad, volvemos al hotel a ducharnos y a buscar un sitio cerca para cenar. Volvemos al hotel muy pronto pero estamos tan cansadas que decidimos irnos a la cama aunque el sol entra a raudales por la ventana. Y dormimos como troncos hasta que suena el despertador para empezar el siguiente día de ruta.

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19/6/17

Después de un opíparo y delicioso desayuno galés (que es igual que el inglés pero no queremos ahondar en el conflicto) nos ponemos en marcha. Me toca conducir a mí. Miguelito hace de las suyas y me mete por una calle residencial donde los coches están aparcados (por decirlo de alguna forma) ocupando más de la mitad de mi carril, así que tengo que ir invadiendo parte del contrario. El problema llega cuando viene otro de frente y al echarme a la izquierda, le meto un meneo al retrovisor con el coche que estaba aparcado. No le pasa nada pero yo ya empiezo a ponerme nerviosa y me subo dos veces al bordillo de la acera (¿no queréis que me arrime a la izquierda? Pues ahí lo tenéis!). Con los niveles de estrés más altos que yo qué sé qué, salimos a una carretera más principal y me relajo un poco aunque sigo arrimándome a la izquierda (el problema de conducir en UK al final no son las marchas sino el cambiar la idea tan interiorizada que tenemos de las distancias con respecto a tu derecha e izquierda… y eso cuesta un huevo). Así que diseñamos un sistema de alarma cuando el copiloto ve que nos desviamos peligrosamente a la izquierda que resulta ser “bordillo, bordillo”, que puede ser una simple puntualización hasta un grito desesperado si el choque parece inminente. Pero debo decir que, tras un arranque un poco accidentado para mí, no volvimos a tener ningún problema hasta bastante más adelante… pero eso es otra historia.

Hoy toca ir recorriendo distintos puntos de la península de Gower: the Mumbles, Oswich Beach, Rhossili… Todo ello a pesar de las indicaciones de Miguelito y, lamento decirlo, la poca experiencia de Raquel como copiloto e interpretadora de las confusas señales del navegador ya que, para ir a Oswich Beach me acaban dirigiendo por carreteras cada vez más cuaternarias hasta que acabamos circulando por una en la que no hay escapatoria posible. Tengo que ir en segunda, a veces en primera, y sólo cabe el coche y a duras penas porque los retrovisores rozan los matojos de ambos lados de la carretera. Llegamos a la playa y yo me bajo del coche temblando pero sólo de pensar que tenemos que volver a salir de allí, pero ¡ah, amigo! Es que había una carretera mejor y más corta que la que hemos usado. La verdad es que la playa es alucinante (tienen playas kilométricas tanto en longitud como en profundidad de arena!) y ha merecido la pena el sufrimiento. Volvemos a poner el siguiente destino, Rhossili, y, circulando por carreteras que ellos denominan secundarias y que en España no llegan ni a comarcales, y a pesar de los intentos de Miguel de perdernos (qué cosa más mala de GPS), llegamos al parking de Rhossili que está medio en construcción. Aparcamos en mita de la pradera y nos vamos a ver los acantilados que son absolutamente impresionantes. Pero, para nuestra sorpresa, cuando volvemos al parking nos damos cuenta de que hay gente poniendo papelitos porque el de pago… en mitad de una pradera! Nos entra el pánico y mientras yo voy arrancando, Ra va a la máquina a pagar una hora aunque ya nos vamos. Somos así de decentes, qué le vamos a hacer.

Seguimos nuestra ruta hasta Methyr Tydfil donde nos volvemos a perder (o debería decir que Miguelito nos vuelve a perder) en la búsqueda de una estación de tren muy especial de la que sale un trenecito a vapor que sube por una de las laderas del inicio del parque nacional Brecon Beacons. Afortunadamente está muy bien señalizado y cuando llegamos… llega un autobús del inserso británico. Y son iguales en todos lados. Tanto es así que el señor taquillero, después de antenderles a ellos, nos pide varias veces disculpas a nosotras por tardar en atendernos. Pobre hombre. El trenecito es una monada, con sus vagones de madera, sus asientos de madera… y sus ventanas falsas que no se pueden abrir lo que indica que nos vamos a cocer vivos dentro ya que las temperaturas no dejan de subir y vamos ya por los 29 grados (parecen pocos, sí, pero con más del 80% de humedad…). Así que después de un par de paradas en el recorrido del tren sin posibilidad de guarecernos del sol, volvemos al pueblo mimetizadas con el pellejo gambil guiri tradicional.

Visitamos también el castillo del pueblo y nos vamos al hotel, que ya va siendo hora de darse una duchita!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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