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22/6/2017

Tanto quejarnos del calor, que hoy amanece con lluvia. Por lo menos no hay niebla, pero hemos de decir que casi (y remarco el casi) se agradece un poco de frescor.

La primera parada es la Catedral de san David, que está un poco en mitad de la nada y, por supuesto, tenemos que pelearnos con el navegador para que nos diga la ruta (a mí este cacharro me está quitando vida, en serio). Los alrededores tienen que ser impresionantes cuando hace sol, pero por lo menos la lluvia es suave y podemos ver la catedral y las ruinas del palacio episcopal con más o menos tranquilidad.

Visitamos Aberaeron, un pueblecito costero precioso donde comemos un salmón riquísimo y donde queremos probar los famosos helados, pero yo no puedo porque están todos hechos con una base de miel. Mala suerte!

Seguimos de pelea con el GPS pero al final conseguimos llegar a la ruinas de la abadía Strata Florida y después de visitarla, vamos a visitar una ruta por los Montes Cámbricos y al famoso Puente del Diablo. Más que el puente en sí, yo creo que el diablo construyó las escaleras de bajada y subida que llevan desde el susodicho puente hasta lo profundo del valle y, tras cruzar el río y las caratas, se vuelve a subir. Menudas escaleritas! Eso sí, por el camino nos vamos comiendo algunos arándanos silvestres que encontramos como los que comíamos en Asturias cuando éramos pequeñas (tampoco comemos muchos que eso es parque natural, no sea que encima nos multen o algo!). Obviamente, después de semejante esfuerzo físico, hay que reponer fuerzas con un estupendo “cream tea” (para los que no estéis acomstumbrados: té + scone + clotted cream + mermelada… bomba calórica al canto!). Pero es que conducir por la izquierda es muy siniestro! (juego de palabras… cri cri cri).

Llegamos por fin al hotel y, después de pasar todo el día gris y con lloviznando, resulta que sale el sol! Damos una vuelta por el pueblo, por el paseo marítimo y los restos del castillo con unas vistas de la costa y el mar que cortan la respiración.

23/6/2017

Llueve a cántaros, o como dirían por aquí,., llueven perros y gatos ¿? Así que la conducción se vuelve un poco más estresante de lo habitual, pero yo voy a mi ritmo. He de decir que, en general, son muy respetuosos, y aunque en una recta me han llegado a adelantar cinco coches a la vez (sí, cinco… de momento es mi record) no se suelen pegar al culo o te presionan para que vayas más rápido. Sencillamente van detrás y cuando tienen la oportunidad, te adelantan. Eso sí, nos ha llamado mucho la atención que poner las luces no les va mucho, porque con el diluvio que estaba cayendo, la mayoría no llevaban luces, pero bueno, nadie es perfecto.

A Miguelito parece que la lluvia le vuelve aún más tonto de lo habitual, y en cuanto tomas una curva un poco más marcada, se le va la pinza, empieza a recalcular ruta y a perder señal GPS y al final acaba perdiéndonos a nosotras… tengo una ganas de soltarlo!

Llueve tanto que decidimos dejar de visitar una península porque no se ve más allá de 10 metros, y no queremos arriesgarnos por esas maravillosas carreteras para no poder ver nada. Paramos a comer en un pueblo que está un poquito deslucido por la lluvia pero que tiene pinta de ser precioso. Menos mal casi todos los pueblos tienen un parking bien señalizado y no tenemos que estar dando vueltas o buscando sitio. Eso sí, la mayoría no aceptan las libras nuevas… ¿perdona? Así que tenemos que ir suplicando que nos las cambien por monedas antiguas.

La lluvia y el viento son hoy tan fuertes que cuando llegamos al castillo de Harlech, yo llevo los pantalones tan empapados (la parte de arriba no que llevaba impermeable) que tengo que coger unos vaqueros de la maleta, entrar al baño a cambiarme e intentar secarme con papel del baño como buenamente puedo. Y el paseo por las murallas se vuelve un poquito más peligroso de lo habitual porque la ventisca es de las buenas. Aunque eso no le resta encanto, más bien, le añade emoción al pensar cómo debía ser vivir allí cuando fueron construidos e incluso el mar llegaba a la orilla del acantilado.

Parece que la lluvia arrecia un poco y nos vamos a visitar un famoso pueblo “artificial” construido por un arquitecto en mitad de una península en el que se pueden alquilar las casas como apartamentos y que recuerda a pueblos del sur de Francia o de la Toscana. Un poco demasiado para mi gusto, aunque es curioso, no podemos negarlo-

 

 

 

 

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