Viaje a Gales (I)

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18/6/17

¡¡Por fin estamos de vacaciones!! Toca madrugar aunque de los nervios apenas hemos dormido mucho. Hay que ir al aeropuerto a coger el vuelo a Cardiff y nos toca ir a la última puerta de embarque de la T4 que está a tomar viento. Pero la emoción nos embarga y nos da un poco igual, incluso nos da igual el “bibitrajo” que nos han dado en la cafetería de la terminal haciéndolo pasar por café. Tenemos que pasar múltiples controles de seguridad (sin incidentes reseñables, ya me extraña) y la teoría de Ra es que están preparando la T4 para los viajes a Reino Unido una vez que se formalice el Brexit ya que habrá que pasar controles más exhaustivos al poner frontera y aduana (vaya coñazo!). Hay poca gente para nuestro vuelo (menos mal), sobre todo británicos requemados y algún español con cara de asustado. De hecho, ya en el vuelo, la gente se va cambiando de asiento a conveniencia ya que hay asientos libres de sobra. No sé si por la hora de vuelo o porque Cardiff es un destino que acaba de implantar Iberia (creo que somos las primeras o segundas en usarlo!).

El vuelo transcurre pacíficamente, aterrizaje perfecto, maletas en hora… todo es idílico. Es sólo la calma que precede a la tormenta. Salimos del aeropuerto y tenemos que llamar a la agencia de alquiler de coches para que vengan a buscarnos porque está un poco apartada del aeropuerto (a 5 min en coche según la info de internet). Raquel ha dicho que en todo el viaje hablo yo “para que no se me olvide el inglés” así que llamo con miedo porque nunca entiendo lo que me dice la gente por teléfono (ni siquiera en español). Pero más o menos consigo captar dónde tenemos que esperar al conductor, que aparece unos 5 min más tarde en un Ford Fiesta (que es el que en teoría hemos alquilado nosotros). Y se baja del coche el hermano británico de “a cara de perro” (no sé de qué va el programa, sólo he visto el anuncio). Un señor rapado al cero, con un cordón de oro que haría las delicias de cualquier patriarca, con pocos centímetros de piel visible bajo ríos de tinta que surcan bíceps como mi cabeza y embutido en una camiseta que no le vale ni a mi sobrina de 7 años. Nos montamos en el coche y nos dirigimos a la oficina. Primer momento crítico, el tipo sale del aeropuerto, da un giro a derecha, luego a izquierda y aparecemos en una carretera completamente asilvestrada, con matojos por todas partes, mal asfaltada y donde no cabe más que el coche en el que vamos. Miro de reojo a Ra y veo mis pensamientos reflejados en su cara “nos van a secuestrar y robar todos los órganos”. Más adelante descubriremos que eso es lo que ellos llaman una carretera “secundaria” (JA!) y que son las predominantes en el país. Dispuesta como estoy a atizarle con el cargador del móvil, aparecemos por arte de magia en el Holiday Inn del aeropuerto donde se encuentra la oficina de alquiler. ¡Qué malos son los prejuicios! Vamos a hablar con el oficinista y nos dice que son las 11h, que llegamos muy pronto y que, por motivos del seguro bla bla, el coche no nos lo puede dar hasta las 12h, y que podemos tomarnos un café en el hotel mientras. Café dice! Otro brebaje a base de cosas muertas imagino porque el aspecto y el sabor distan mucho de parecerse a un café. Por cierto, que llegamos en plena ola de calor y hace una humedad preciosísima!

Por fin hacemos el papeleo, cogemos el navegador llamado iPrimo (luego descubriremos que el primo lo hemos hecho nosotras porque se orienta más o menos como yo con una botella de lambrusco encima) y vamos al coche que… sorpresa! No es automático (cosa que especificamos en el alquiler). El señor muy amablemente nos dice que no tienen coches automáticos pero que “You’ll be fine”. Sí, nosotras sí, el coche no lo tengo tan claro. Encima tenemos que pedirle el cubremaletero porque vamos a viajar con las maletas en el coche todo el rato. En fin, que quedamos en que lo coge primero Raquel que parece que se apaña bastante bien con las marchas (ése se convertirá en el menor de nuestros problemas) e intentamos poner el próximo destino en el navegador que, por defecto, busca todas las direcciones en Birmingham (no preguntéis por qué y juro que por mucho que lo intentamos, fuimos incapaces de cambiarlo así que teníamos que hacerlo a cada momento). Buscamos la ruta a Swansea y siguiendo las indicaciones de Miguel (así que se llamaba “la voz” de la opción idioma español masculino) entramos en una de esas maravillosas carreteras secundarias y aparecemos en un paraje perdido, como a 5km del aeropuerto, en un bar/restaurante en la mitad de la nada, sin salida por lo que tenemos que dar la vuelta, volver al aparcamiento del Holiday Inn e insistirle a Miguelito en que nos lleve a Swansea, que por fin nos hace caso y nos dirige a la ciudad, por carreteras adecuadas y por la Autopista. Vamos un poco estresadas: Ra porque conduce por primera vez por la izquierda y yo porque veo muy cerca las cosas por mi ventanilla y encima no me fío nada del dichoso navegador. Pero llegamos sanas y salvas a Swansea. Encontramos el B&B que es una maravilla, el señor es un encanto y la habitación maravillosa. Aparcamos el coche en frente (es domingo y podemos aparcarlo ahí siempre que lo dejemos antes de las 9 del lunes) y nos vamos a recorrer la ciudad. Eso sí, antes de eso nos cambiamos de ropa a pantalón corto, tirantes y sandalias porque el calor es terrorífico! La ciudad no tiene muchos monumentos que ver y es más dar paseos por aquí y por allá, el puerto… y la playa infinita que tiene. Decidimos pasear por ella así que fuera sandalias y con los pies en el agua (quién nos lo iba a decir), y de paso recogemos un montón de conchas para mi madre que quiere ponerlas de adorno. La playa tiene kilómetros de recorrido (no sé cuántos exactamente) y se ve toda la bahía. Lo recorremos y llegamos al otro lado de la ciudad, acaloradas como nunca y deseando encontrar un sitio para tomar algo. Más tarde descubriremos que nos hemos achicharrado “un poquito”. Después de muchas vueltas, para arriba y para abajo, de la ciudad, volvemos al hotel a ducharnos y a buscar un sitio cerca para cenar. Volvemos al hotel muy pronto pero estamos tan cansadas que decidimos irnos a la cama aunque el sol entra a raudales por la ventana. Y dormimos como troncos hasta que suena el despertador para empezar el siguiente día de ruta.

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19/6/17

Después de un opíparo y delicioso desayuno galés (que es igual que el inglés pero no queremos ahondar en el conflicto) nos ponemos en marcha. Me toca conducir a mí. Miguelito hace de las suyas y me mete por una calle residencial donde los coches están aparcados (por decirlo de alguna forma) ocupando más de la mitad de mi carril, así que tengo que ir invadiendo parte del contrario. El problema llega cuando viene otro de frente y al echarme a la izquierda, le meto un meneo al retrovisor con el coche que estaba aparcado. No le pasa nada pero yo ya empiezo a ponerme nerviosa y me subo dos veces al bordillo de la acera (¿no queréis que me arrime a la izquierda? Pues ahí lo tenéis!). Con los niveles de estrés más altos que yo qué sé qué, salimos a una carretera más principal y me relajo un poco aunque sigo arrimándome a la izquierda (el problema de conducir en UK al final no son las marchas sino el cambiar la idea tan interiorizada que tenemos de las distancias con respecto a tu derecha e izquierda… y eso cuesta un huevo). Así que diseñamos un sistema de alarma cuando el copiloto ve que nos desviamos peligrosamente a la izquierda que resulta ser “bordillo, bordillo”, que puede ser una simple puntualización hasta un grito desesperado si el choque parece inminente. Pero debo decir que, tras un arranque un poco accidentado para mí, no volvimos a tener ningún problema hasta bastante más adelante… pero eso es otra historia.

Hoy toca ir recorriendo distintos puntos de la península de Gower: the Mumbles, Oswich Beach, Rhossili… Todo ello a pesar de las indicaciones de Miguelito y, lamento decirlo, la poca experiencia de Raquel como copiloto e interpretadora de las confusas señales del navegador ya que, para ir a Oswich Beach me acaban dirigiendo por carreteras cada vez más cuaternarias hasta que acabamos circulando por una en la que no hay escapatoria posible. Tengo que ir en segunda, a veces en primera, y sólo cabe el coche y a duras penas porque los retrovisores rozan los matojos de ambos lados de la carretera. Llegamos a la playa y yo me bajo del coche temblando pero sólo de pensar que tenemos que volver a salir de allí, pero ¡ah, amigo! Es que había una carretera mejor y más corta que la que hemos usado. La verdad es que la playa es alucinante (tienen playas kilométricas tanto en longitud como en profundidad de arena!) y ha merecido la pena el sufrimiento. Volvemos a poner el siguiente destino, Rhossili, y, circulando por carreteras que ellos denominan secundarias y que en España no llegan ni a comarcales, y a pesar de los intentos de Miguel de perdernos (qué cosa más mala de GPS), llegamos al parking de Rhossili que está medio en construcción. Aparcamos en mita de la pradera y nos vamos a ver los acantilados que son absolutamente impresionantes. Pero, para nuestra sorpresa, cuando volvemos al parking nos damos cuenta de que hay gente poniendo papelitos porque el de pago… en mitad de una pradera! Nos entra el pánico y mientras yo voy arrancando, Ra va a la máquina a pagar una hora aunque ya nos vamos. Somos así de decentes, qué le vamos a hacer.

Seguimos nuestra ruta hasta Methyr Tydfil donde nos volvemos a perder (o debería decir que Miguelito nos vuelve a perder) en la búsqueda de una estación de tren muy especial de la que sale un trenecito a vapor que sube por una de las laderas del inicio del parque nacional Brecon Beacons. Afortunadamente está muy bien señalizado y cuando llegamos… llega un autobús del inserso británico. Y son iguales en todos lados. Tanto es así que el señor taquillero, después de antenderles a ellos, nos pide varias veces disculpas a nosotras por tardar en atendernos. Pobre hombre. El trenecito es una monada, con sus vagones de madera, sus asientos de madera… y sus ventanas falsas que no se pueden abrir lo que indica que nos vamos a cocer vivos dentro ya que las temperaturas no dejan de subir y vamos ya por los 29 grados (parecen pocos, sí, pero con más del 80% de humedad…). Así que después de un par de paradas en el recorrido del tren sin posibilidad de guarecernos del sol, volvemos al pueblo mimetizadas con el pellejo gambil guiri tradicional.

Visitamos también el castillo del pueblo y nos vamos al hotel, que ya va siendo hora de darse una duchita!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mudanzas / Moves

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Se sentó por fin en el suelo, exhausta, después de horas y horas seleccionando, revisando, envolviendo y empaquetando en cajas. Ahora, cuando el sol empezaba a ocultarse tras los edificios y el cielo adquiría ese color rosado tan característico, las pilas de cajas a su alrededor comenzaban a dibujar largas sombras sobre el suelo y sobre las paredes ahora vacías y deslucidas; incluso sobre ella, con cierto aspecto amenazador, como grandes torres en riesgo constante de caer. Eran torres llenas de historias, recuerdos, cosas ya pasadas e incluso algunas olvidadas pero de las que se resistía a deshacerse, como si fueran lo único que de verdad la unía al mundo real, algo tangible a lo que poder aferrarse. Siempre esa misma sensación absurda pero irremediable. No sólo guardaba objetos, también emociones, sentimientos, historias y sueños. Algunos de esos sueños nunca volvían a aparecer. Se perdían en el inmenso caos de las mudanzas, como pasa siempre con algún objeto, o como con ese calcetín desparejado que un día perdió a su compañero y del que nunca más se supo. Pues así pasa a veces con los sueños. Se guardan en una caja imaginaria que, sin saber cómo ni cuándo ni por qué, se pierde en la inmensidad de la mente humana o en la oscuridad que todos albergamos en nuestros corazones. Pero ya le había cogido el truco a eso de empaquetar. Hasta había perdido la cuenta. Se había pasado media vida metiendo y sacando cosas de cajas de cartón, trasladando cajas de un lado a otro. De casa en casa, de ciudad en ciudad e incluso de país en país. Daba la sensación de que estaba siempre en constante movimiento, de un lado para otro. Quizás fuese esa la idea. Hacerse creer a sí misma que estaba en constante evolución cuando en realidad no iba a ninguna parte. Como los molinillos de viento que clavamos en nuestras macetas, movidos por el viento, girando sin parar pero hundidos irremediablemente en la tierra, sin poder avanzar o retroceder, hasta que el paso del tiempo y las inclemencias de la vida desgasten sus aspas y no pueda girar más. 

Se levantó del suelo dolorida cuando ya todo era sombra a su alrededor. Se dirigió a la puerta de la habitación y echó la vista atrás. Apenas se distinguían ya las formas de las cajas apiladas a contraluz, pero allí estaba su vida que escasamente llenaba una simple habitación. Cerró la puerta tras de sí pesando que tal vez fuera la última aunque algo en su interior le decía que probablemente sólo fuera una más. 

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She sat down on the floor, exhausted, after hours and hours classifying, checking, wrapping and packing boxes. Now, when the sun was starting to disappear behead the buildings and the sky was turning into that particular pink, the piles of boxes around her started to cast long shadows over the floor and walls now empty and tarnished; even over her, looking threatening, like big towers in permanent risk of falling. They were towers full of stories, memories, things already past and some of them even forgotten but she was reluctant to get rid of them as they were the only real thing that connected her to the world, something tangible she could hang onto. Always that absurd but irremediable feeling. She put in not only objects but also emotions, feelings, stories and dreams. Some of those dreams would never appear again. They would get lost in the enormous chaos of move, as it always happens with some object, or like that mismatched sock that lost its pair one day and it never appeared again. Sometimes that is what happens with dreams. They are put into an imaginary box that, without knowing how or when or why, gets lots in the immensity of the human mind or in the darkness we all harbour in our hearts.

But she was starting to get the hang of packing. She had lost track of how many times. She had spent half of her life putting things in and out of cardboard boxes, moving them from one place to another. From house to house, from city to city or even country to country. It felt she was always on the move, from place to place. Maybe that was the idea, to make herself believe that she was in permanent evolution when, actually, she was going nowhere. Like a toy windmill that we stuck in our flowerpots, moved by the wind, spinning without a break but irremediably buried into the ground, unable to move forward or backward until the past of the time and the inclemency of the weather wear away its blades and stop it from spinning. 

She stood up soared when everything around her was already dark. She went to the door and looked back. She could barely discern the shape of the boxes heaped against the light, but there was her life that scarcely occupy a small room. She closed the door behind thinking that it might be the last time but something inside told her that it was probably just another one.

Realidades paralelas

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Vivir en una realidad paralela tiene sus riesgos. Mientras vives en ella puedes modificar el mundo a tu antojo, creyendo ser feliz en él a pesar de que esa felicidad es tan irreal como las bases sobre las que se asienta. Pero eso no suele importar mientras dura el autoengaño.El problema viene cuando hay que abandonar ese mundo imaginario para enfrentarse al real, corriendo el riesgo de destruir tus propios cimientos como persona. Cada vez que vuelves a la realidad desde tu mundo de fantasía, aparecen grietas en tu estructura, la que te sustenta. Al principio son pequeñas y apenas se notan. Son como las marcas que van apareciendo en la porcelana después de años de uso. Pequeñas marcas grises sobre un fondo blanco que no denotan un riesgo inminente. Pero cada vuelta a la realidad agranda esas grietas. Es como si estuvieses permanentemente en una zona de alto riesgo sísmico. Pequeñas sacudidas diarias, a veces incluso varias al día, muchas imperceptibles, pero que van debilitando poco a poco la base sobre la que te has levantado a lo largo de los años. Cada sacudida abre una nueva grieta o profundiza las que ya había, formando un entramado que recuerda a los arroyuelos que no son nada, pero que, uniéndose unos a otros forman un riachuelo, y luego un río que pacientemente erosiona el terreno por el que discurre hasta que, sin darnos cuenta, se desborda en tromba hasta alcanzar el mar, arrastrando a su paso todo lo que se encuentra. 

Así se van uniendo esas grietas, unas con otras, resquebrajando y debilitando unos cimientos que parecían sólidos pero que, poco a poco se van desmoronando hasta que, sin previo aviso, todo se viene abajo. Y ya no hay más realidad que la de la destrucción y el caos absoluto, los restos de una vida sepultados bajo toneladas de escombros que se antojan imposibles de movilizar. La esperanza de rescatar algún superviviente perdiéndose cada día que pasa para acabar enterrada junto a todo lo demás, en una tumba tan imaginaria como el mundo paralelo que provocó el fatal desenlace.

Un día cualquiera

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Ni siquiera ha sonado el despertador pero ya hace rato que abandoné los brazos de Morfeo. Últimamente parece que nuestra relación no es lo que era. Me gustaría poder darme la vuelta, cerrar los ojos y seguir durmiendo, pero sé que no lo voy a conseguir. Me bato en duelo conmigo misma en la eterna discusión entre “un ratito más” y “luego te quejas de que se te va el día sin haberlo aprovechado”. Hoy ha ganado mi yo más activo, aunque me levanto con un mal presentimiento. 

Aprovecho la mañana para dejar comida hecha para la mayor parte de la semana. Lo de no llegar a casa antes de las 21.30 limita mis menús, sobre todos los nocturnos. Tampoco es que los diurnos sean un banquete; cuando tienes que comer a  12.30 sin apenas hambre… Pero claro, van a ser diez horas sin probar bocado así que aunque sea a la fuerza algo hay que meterse entre pecho y espalda. El trajín de la mañana impide que esa oscura sensacion se apodere de mí, pero según se acerca la hora de irme a trabajar, un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza. En honor a la justicia debo decir que aunque muchos días tengo ese mismo presentimiento, muchas veces no se cumple. Otras sí, pero son las que, por desgracia, pesan más en mis recuerdos.

Llego pronto al trabajo, como casi siempre. Es lo que tiene ser una agonías. Además estoy de avisos, lo que significa que si tengo alguno, debería ir a hacerlo antes de empezar la consulta, que luego la cosa se complica. Tampoco sería la primera vez que llego y tengo cuatro domicilios que visitar. De momento tengo dos, uno de ellos es alguien a quien conozco, el otro no, así que voy a buscar una consulta donde poder revisar la historia. La mía sigue ocupada por el médico de la mañana (y no parece que vaya a acabar pronto, tiene cinco o seis personas fuera esperando). Me cuelo en la de la matrona, ella hoy no está. En el aviso del paciente desconocido pone “costipado” aunque la valoración la ha hecho el que atendió el teléfono. En la historia no aparece nada reseñable, sólo que nunca viene a consulta. Quizás lo pueda resolver por teléfono, si sólo es un catarro… Hablo con el familiar y no cuenta, ni por asomo, algo que se parezca a un resfriado. Es más, no me gusta lo que cuenta: desorientación, dificultad para caminar, discurso incoherente… Y eso desde anoche a las 22h, y son las 13.45h. Le digo que voy ahora mismo. Dejo el segundo aviso para ver si lo puedo hacer a la vuelta al centro de salud, antes de las 15h que empiezo la consulta que, por cierto, está llena, los 54 huecos, lo que significa que hoy llego a los 60 pacientes fijo. Si por algo no quería levantarme esta mañana. 

Ya voy de camino al segundo domicilio. El primero ha sido rápido porque en cuento lo he visto, lo he tenido claro. De hecho, voy hablando por mi móvil con el servicio de urgencias para solicitar una ambulancia urgente. ¿Motivo? Me preguntan desde el otro lado del teléfono. Un ictus, respondo, pero no activéis el código que ya lleva más de 12 horas de evolución. La mandarán en seguida, me dicen. Menos mal. A ver si luego puedo llamar a preguntar qué ha pasado. Cuelgo justo cuando llego al portal de la segunda paciente. Salió de un ingreso de dos meses hace unas dos semanas. La situación es muy mala porque tiene una demencia muy avanzada, apenas come ya. La familia lo sabe y de hecho creíamos que no aguantaría el ingreso, pero está luchando como una jabata. Menos mal que ya no es consciente de que su marido falleció hace 20 días. Eso sí nos pilló por sorpresa. Se lo llevó una neumonía. Pobrecito, y pobre su hija que no tiene tiempo ni para llorarle porque su madre requiere toda su atención. Cuando me abre la puerta me dice que está muy mala, que desde ayer ni come ni bebe y hoy no responde. Según entró en el cuarto, no me quedan dudas. Aun así, le cojo la mano y hablo con ella. La explico que voy a auscultarla y tomarle la tensión. No responde al tacto y respira muy erráticamente. Justo llega su hijo. Hablo con ellos e intento ser suave aunque clara: no creo que aguante hasta mañana. Ella quiere que se quede en casa hasta el final, él no lo tiene claro. Intento mediar y explicarles, desde mi experiencia, lo que creo mejor para ellos y, sobre todo, para la paciente. De momento se queda en casa. Les explico cómo hacer que esté lo más cómoda posible. Llamaré a media tarde para ver qué tal y les dejo un teléfono directo por si necesitan cualquier cosa. Me pasaré al final de la consulta de todas formas. 

Al llegar al centro de salud veo que ya son las 15.15h o, lo que es lo mismo, que ya voy con retraso antes de empezar. Además ya tengo citadas dos urgencias de clavo. Cómo me duele la cabeza, y debería ir al baño pero me agobia tener gente esperando así que empiezo sin más. Los primeros son “fáciles”, sólo algunas revisiones de pacientes de baja. Pero la cosa se va complicando. Ya llevo más de una hora de retraso y, cada vez que salgo a nombrar tengo que explicar que llevo mucho retraso y que por favor tengan paciencia. Por suerte la mayoría la tiene, y son comprensivos, pero otros no hacen más que protestar cada vez que salgo lo que no hace sino retrasarme más. Tengo la garganta seca pero no bebo porque si bebo tengo que ir al baño, y no tengo tiempo. 

Son las 17.30 y sigo con casi hora y media de retraso. A las 18.30 y hasta las 19h tenemos un descanso de 30 min, en teoría para tomar un café y tal… Rara vez lo uso, alguna tarde salgo 10 min de la consulta par despejarme y bajar al aseo, pero la mayoría de las veces me sirve para poder acortar el retraso que llevo. Justo estoy pensando en eso cuando suena el teléfono de la consulta. El corazón me da un vuelco por si es otro aviso. Y lo es. De un paciente de otro centro pero que, por zona, nos corresponde a nosotros. Me pasan a la persona que llama. Es el padre. Su hija lleva 72h sentada en la cama, mirando a la pared, sin comer, sin beber, sin hablar y sin moverse. No pueden llevarla al hospital ni les dice qué le pasa. Están muy asustados. En las últimos 48h tres médicos han hablado con ellos por teléfono y les han dicho que la tienen que convencer para ir al hospital. Ella no se quiere poner al teléfono. Les digo que estoy en mitad de la consulta y que iré en cuanto pueda. Están muy angustiados pero lo entienden. Cuelgo y sigo pasando la consulta disculpándome por tercera vez con el paciente que ya estaba en la consulta y al que había dejado con la palabra en la boca. 

No dejo de pensar en el último aviso. Son las 19.30 y todavía no he ido. El colchón de media hora me ha servido de poco. Sigo con 30 min de retraso. Me huelo que voy a tener que tramitar un traslado involuntario, y eso me produce mucha ansiedad. Es muy desagradable, para todos. Así que, a pesar de tener a 7 personas eso la sala de espera, cojo el abrigo y les digo que tiene que seguir esperando, que me tengo que ir a un domicilio urgente. Unos protestan, otros se resignan y otro me mira enfadado y se va. Siento de verdad irme así pero no tengo fuerzas para dar más explicaciones. 

En el domicilio los padres de la chica están muy preocupados. Los dos pasan de los 80 años y no saben qué hacer. Cuando entro al cuarto ella se aferra con las dos manos al cabecero, pero no me mira. Ni me habla. Hablo con ella, bueno, ella escucha (o eso creo) durante 20 minutos, con la mente divida entre ella y las personas que dejé en la consulta. Le explico lo del traslado forzoso. No hay reacción. No puedo hacer más, me temo. Tengo que explicárselo a la familia y también hablar con la comisión porque hay que cumplimentar un protocolo en estos casos. Llegados a este punto sólo pienso en cuánto retraso voy a llevar cuando llegue. Y en que no he llamado a la paciente del segundo aviso. 

Llego casi corriendo al centro de salud y me meto de nuevo a la consulta. Podría haber aprovechado para ir al baño, total, por dos minutos más… pero en ese momento ni se me ocurre. Sigo viendo pacientes, sólo dos se han ido, aunque hay citada otra urgencia. Aprovecho que uno de esos pacientes es un habitual de los más majos para llamar y solicitar el traslado forzoso. Vale, todo correcto pero hasta que no recibamos el Fax no se puede dar la orden. Bueno, sólo me quedan dos pacientes fuera, así que ya me espero a bajar para poder mandarlo, aunque no dejo de pensar en el tiempo que lleva esa familia esperando. 

Por fin la sala de espera vacía. Son las 20.40 y bajo a mandar al FAX. Al menos sé que ya no me puede salir otro aviso. Compruebo el OK y subo a recoger para irme al domicilio de la paciente que vive al mediodía. Pero antes llamo de nuevo a la comisión para asegurarme de que han recibido el fax. Todo en orden y la ambulancia en camino. Menos mal. Ya son las 21h y, en teoría, mi jornada ha terminado. Aunque hoy parece que nunca se acabe. 

En el domicilio todo sigue igual. La paciente está muy tranquila. No tiene dolor ni está agitada. Han decidido que se quede en casa. Intento hacer refuerzo positivo de la decisión y explico qué hacer si hay fiebre, o se queja… y también los pasos a seguir si el desenlace ocurre durante la madrugada. Es lo único que puedo hacer, intentar que todo sea lo más fácil posible. Me despido de los hijos y de ella. Le cojo la mano y le acaricio la mejilla pero no hay respuesta ninguna, aunque parece que en esos momentos la respiración es una poco menos agónica. Creo que son imaginaciones mías.  Ya en el coche noto que me va a explotar la cabeza, o la vejiga, o ambas; pero antes de arrancar, vuelvo a llamar a urgencias. Les extraña que un médico de familia llame a esas horas. Es sólo para avisar de que si llaman de ese domicilio, el fallecimiento es esperado y quizás así sea más fácil para la familia y para los compañeros que vayan a verla sin saber de qué va todo. 

Es más allá de la una y media de la madrugada. Estoy agotada pero no concilio el sueño. Mi cabeza es un hervidero de cosas, recuerdos y datos. Me preocupan los pacientes que derivé a urgencias. Me pregunto si la paciente habrá descansado por fin. Y sobre todo me preocupa que, por ir tan rápido, por no tener tiempo para analizar las cosas, se me haya pasado algo, algo importante. Quizás mañana pueda revisar los pacientes que vi hoy, si tengo tiempo. Aunque la agenda ya estaba llena para mañana. Quizás si no salen avisos ni muchas urgencias, y si voy un poco antes de mi hora… Ya veremos. Mañana será otro día. Un día cualquiera.

Midnight customers / Clientes de medianoche

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It’s hard to identify the sound coming from the speakers. She thinks she can recognize the melody but she is not sure because the quality is really bad. It’s coming from far away, as the sound had to travel miles through hills and desert valleys… and it might have to. Besides, the continuous click of a fluorescent lamp switching on and off in an infinite loop impedes to follow the rhythm of the song. Although it could even be part of it. Usually that kind of things disturbs her but it has been broken for so long that she would almost miss it if it was fixed. It’s late and the shop will be closed soon. Just a few customers left and a couple of workers: the checker and the storekeeper. They are all the same people, the same faces week after week. Familiar faces of strange people, with unknown names and lives she knows nothing about, with whom she has barely exchanged a couple of words for months but there are always complicity gestures, almost imperceptible: a tiny movement of the head, a half smile… It’s the greeting of those who could be called “midnight customers”, those who wander across almost desert aisles, with artificial lights to guide their ways through distant sounds they believe to recognize, rambling among soulless shelves with empty spaces that should be full of sales and promotions but instead, you find products out of their designated places because somebody has abandoned them in the last moment. They are, somehow, like those customers, renegades from society, those who have no other moment to do the shopping but at the very end of the day, those who buy individual products instead of the feared “family pack”; those who, by choice or necessity, live in different hours of those stablished by rules, those who dwell in society margins and neither know or want to return to the confines of social life.

It’s really cold in the frozen section. She takes what she needs or what she thinks she needs. For a thousandth time she has forgotten the shopping list on op of the kitchen table, so she buys from memory although she will surely be missing something when she gets home. And talking about missing, she realizes it’s been a few weeks since she met Mr. Frozen for the last time. It’s just a nickname, of course, because she doesn’t know his name but she always meets him in the frozen aisle. He is a middle aged man, with a leisurely attitude, nice and thick hair of which many would be jealous, impeccably brushed, starting to turn into light grey. He is neither tall nor small, and he seems to be in good shape. He never takes a trolley but one of those metallic baskets that, as soon as you put two or three things inside, they are heavy as hell. He always seems to be calm and relaxed, with a face of affability and kindness that inspires tenderness, and the wrinkles around his eyes and mouth makes you think he is, probably, prone to laugh. She cannot remember if they have ever spoken. She reckons they haven’t, but week after week they met at the supermarket, making that tedious task a bit lighter. But she hasn’t met him for a while and now she wonders where he can be. Will he have succumbed to the pressures of society and now he does the shopping in regular hours? Or maybe he has decided to shop in another supermarket. Will he have moved to another suburb or even city? There were also other possibilities more catastrophist and darker: illness or accidents with a fatal outcome. A shiver runs through her spine and it’s not due to the icy temperatures of the frozen section. She tries to cast aside those thoughts since she has no way to figure out what has happened. She cannot ask about him to anyone, she doesn’t know his name and she believes none of the workers will have noticed him; in the end, hundreds of people do the shopping there every day. It is funny how sometimes, we miss the most the things we don’t have instead of what we once had and lost.

She keeps on going through the aisles trying to remember what she had written on the list, but it is hard. Her thoughts go back over and over to the same thing. So she decides to keep what she already has and turns to the till just as the speakers remind that only 10 minutes are left until closing time. Or that is what she interprets because she doesn’t understand the message. She never does, actually, she just guesses what they say. And in that very moment is when she sees him. He is finishing paying at the till. He looks like always. The same smile, the same kind and friendly face. Her relief is so deep that she even feels ashamed. His gaze meets hers and Mr. Frozen makes a movement with his eyebrows as he recognises her. She nods but there are no words. He picks up his shopping bags and goes away. She puts her stuff on the till and is welcomed with a “good evening” from the checker to whom she replies in the same way. She puts her shopping in the bags and turns to the parking lot where only a few cars remain, looking like small boats in a harbour in a dark concrete sea; boats that will take them to the remote island their homes are. The solitary islands of the castaways of society, the solitary homes of the midnight customers.

Thanks Isabel for your help.

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Apenas se distingue el sonido que llega por los altavoces. Cree reconocer la melodía pero no está segura porque la calidad es muy mala, se oye en la distancia, como si tuviera que viajar kilómetros a través de colinas y valles desiertos… y quizás sea así. Además, el continuo click de un fluorescente que se enciende y apaga en un bucle infinito impide seguir el ritmo de la canción. Aunque casi podría formar parte de ella. Normalmente ese tipo de cosas le molestan pero lleva tanto tiempo estropeado que casi lo echaría de menos si lo arreglaran. Es tarde y falta poco para que cierren la tienda. Apenas unos pocos clientes quedan ya, y solo un par de empleados: la cajera y un reponedor. Son todos los mismos de siempre, las mismas caras semana tras semana. Caras conocidas de personas ajenas, con vidas de las que no sabe nada, con nombres que desconoce, con los que apenas ha cruzado alguna palabra suelta durante meses pero con los que siempre existen gestos de complicidad apenas perceptibles: un ligero movimiento de cabeza, una medio sonrisa… Es el saludo de lo que podría llamarse “clientes de medianoche”, aquellos que vagan por pasillos casi desiertos, con luces artificiales que guían sus pasos entre sonidos distantes que creen reconocer, deambulando entre estanterías desangeladas con espacios vacíos que deberían estar plagados de ofertas y promociones en los que, sin embargo, se encuentran productos fuera del lugar asignado porque alguien los ha abandonado en el último momento. Son un poco como los propios clientes, los renegados de la sociedad, los que no tienen otro momento para comprar más que el mismo final del día, los que compran productos individuales en lugar de los temidos “pack familiares”, los que por necesidad o por gusto viven en un horario distinto al que marcan las normas, los que habitan al margen de la sociedad y no saben ni quieren retornar a los confines de la misma.

Hace mucho frío en el pasillo de los refrigerados. Coge lo que necesita, o lo que cree que necesita. Por enésima vez ha olvidado la lista de la compra en la encimera de la cocina, así que compra de memoria aunque seguramente habrá alguna cosa que echará en falta al llegar a casa. Y hablando de echar en falta, se da cuenta de que hace varias semanas que no se encuentra con Mr. Frozen. Es un apodo cariñoso, por supuesto, porque no conoce su nombre pero siempre se lo encontraba en el pasillo de los congelados. Es un señor de mediana edad, de actitud pausada, con una mata de pelo que ya quisieran muchos, impecablemente peinada, que ya empieza a virar hacia el gris claro. No es muy alto pero tampoco es bajito y parece mantenerse en forma. Nunca lleva carro sino una cesta de esas de metal que en cuento metes dos o tres cosas pesan como un demonio. Siempre parece tranquilo y relajado, con un semblante de afabilidad y bonanza que inspiraba cierta ternura, y las arrugas en torno a ojos y boca hacían creer que es, probablemente, de risa fácil. No recordaba si habían hablado alguna vez, creía que no, pero semana tras semana se encontraban en el supermercado haciendo la tan tediosa tarea un poco más amable. Pero hace tiempo que no le ve y se pregunta dónde podría estar. ¿Habrá sucumbido a las presiones de la sociedad y ahora compra en otros horarios? ¿O quizás ha decidido comprar en otra tienda?¿Habrá cambiado de barrio o incluso de ciudad? También cabían otras posibilidades más oscuras y catastrofistas: enfermedades o accidentes con fatal desenlace. Un escalofrío le recorre la espalda y no es por las gélidas temperaturas de la sección de congelados. Intenta desechar esos pensamientos ya que tampoco tiene forma de averiguar qué ha pasado realmente. No puede preguntar a nadie por él, ni siquiera conoce su nombre y no cree que ninguno de los empleados se haya fijado en él; al fin y al cabo, por allí pasan cientos de personas a diario. Resulta curioso cómo a veces echamos más de menos aquello que no tenemos que lo que una vez tuvimos y perdimos.

Sigue recorriendo los pasillos intentando recordar qué había anotado en la lista, pero se le hace difícil. Sus pensamientos vuelven una y otra vez a lo mismo. Así que decide quedarse con lo que ya tiene y dirigirse a la caja justo en el momento en el que, por megafonía recuerdan que quedan 10 minutos para el cierre. O eso es lo que interpreta porque no entiende el mensaje. Nunca los entiende, la verdad, sólo adivina qué pueden estar diciendo. Y es justo en ese momento cuando le ve. Está terminando de pagar en caja. Está igual que siempre, no parece más delgado, ni enfermo. La misma sonrisa, la misma cara amable y bonachona. Siente un profundo alivio que hasta le hace sentirse algo avergonzada. Cruzan las miradas y Mr. Frozen hace un gesto de reconocimiento con la cejas. Ella asiente con la cabeza pero no hay palabras de por medio. Él recoge su compra y se aleja. Ella coloca su compra en la cinta y recibe un “Buenas noches” de la cajera al que responde de igual manera. Mete las cosas en la bolsa y se dirige al parking donde apenas unos pocos coches quedan ya, como pequeñas barcas en un puerto de un mar de oscuro cemento; las barcas que les llevarán a las islas remotas que son sus hogares. Las islas solitarias de los naúfragos de la sociedad, los hogares solitarios de los clientes de medianoche.

Young

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She felt old, vey old inside. Especially when people said to her “You are so young!” Young… for what? Young to feel empty? Young to know what desperation is? Young to know suffering? Young to have a broken heart? 

She might have a young face, fresh, a soft and smooth skin, with no wrinkles around her eyes. But her heart was dry and cracked, creased as a piece of paper where someone tried to write something that never was finished, something that was rejected for being inappropriate and it was reduce to crabbed wad of paper, left alone in corner waiting for time and oblivion to do their job.

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Se sentía vieja, muy vieja por dentro. Especialmente cuando la gente le decía “¡Eres tan joven!” Joven… ¿para qué? ¿Joven para sentirse vacía? ¿Joven para saber lo que es la desesperación? ¿Joven para conocer el sufrimiento? ¿Joven para tener el corazón roto?
Puede que tuviera un rostro joven y fresco, de piel suave y tersa, sin arrugas alrededor de sus ojos.

 Pero su corazón estaba seco y agrietado, arrugado como un trozo de papel sobre el que alguien ha escrito algo que nunca fue terminado, que fue rechazado por inapropiado y que redujo a una enmarañada bola de papel, abandonado en un rincón esperando que el tiempo y el olvido hagan su trabajo.

The tall grass

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She was laying there, hidden in the tall grass, looking up to the sky. It was almost the end of the summer, the earth was still warm, the grass changing to golden. The fresh breeze moved it around her like she was being caressed by a familiar hand. The scent of the dry hay bringing back memories of her childhoo: those summers she used to help her grandfather to cut the grass for the cattle. That was a long long time ago. She was happy then, she had the whole world to discover. She wished she could go back the. When everything was new and exciting. Life wasn’t so appealing anymore. Only from time to time something would happen, something thrilling and unexpected; something she would keep in her heart as a treasure to bring some light during the darkest moments. 

Her back on the ground, her arms along her still body feeling the sun on her skin. She smiled when she saw the white cloud across the sky. It looked like a little bird, a sparrow… a robin maybe? It seemed to be so free, flying far away from there. No limits or obstacles could stop its journey. She felt somehow jealous. She wondered how would it feel to be that free. No bonds, no chains. Those invisible chains we create to shackle ourselves. Those mighty chains that cannot be destroy or unfastened by anyone but ourselves. But most of us are too scared to even try because what if we manage to brake the ties? What if we free ourselves? What if we really become architects of our own fate? 

The cloud changed its form slowly until it disappeared completely into the bright blue the same way her momentary hopes of a bright future disappeared into the darkness of her gloomy thoughts. So she stayed there, still, hidden in the tall grass making the most of it while it was still sunny for much more grey days were about to come. 

  

I am not

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I guess I wasn’t meant for this world, for this life. I have got a far too idealistic view of what life should be. I have got no ambition. I don’t know what success mean and, what is more, I don’t want to. I am not made to fulfill this world expectations. What is important for them is meaningless for me; and what’s important for me, it’s just a nonsense for them. I am not who they think I am. I am expected to do things I cannot do, to think things I cannot think, to feel things I cannot feel. I am not made to be the person they want me to be. It doesn’t matter where they put me because I’ll be always out of place. And I get tired, tired of trying to make them understand, tired of fighting them back. I am so very tired.  I am not made of stainless steel, all shinny and indestructible. I don’t even know what I am made of, but I do know that it is messy, heavy and light at the same time, simple and unsophisticated, solid and resistant. But also I can be torn apart when you least expect it, with the most insignificant of blows.

I am sorry to disappoint but I cannot help being how I am.

Dry

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She was too normal to be noticed, and too different to be loved. Always alone in the middle of the crowd, always in company of her inner self. Wandering around the streets of the big city, always with a clear and precise destination in her mind. Her head up defying the world but hiding from the reality that surrounded her behind a face with a visage it wasn’t hers; looking without seeing; smiling without joy; crying without tears. She lived in a world she had created for herself for she didn’t like the real one; but, at the same time, she longed to be able to live in it, to be part of it. She was capable of adapt to almost everything and yet she seemed to be always out of place. Those around her seemed to know her, to guess what she thought, even how she felt; but none of them understood her. Was it her fault or their fault? Did it make any difference at all? Time went by, life ran its course, but she felt that the world spun more and more slowly, that time didn’t go forward but twisted around itself into an endless loop in which every day was the same, except for one thing: her soul was a bit smaller every day, her heart was a bit drier, more fragile, like a leaf at the end of the autumn, when it gets so dry that the softest breeze can tear it apart. She was just waiting for that windy day.

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Era demasiado normal para que la tuvieran en cuenta, y demasiado diferente para ser amada. Siempre sola en mitad de la muchedumbre, siempre en compañía de su verdadero yo. Deambulando por las calles de la gran ciudad siempre con un destino claro y preciso. Con la cabeza alta, desafiando al mundo pero escondiéndose de la realidad que la rodeaba tras una cara con un rostro que no era el suyo, mirando sin ver, sonriendo sin alegría, llorando sin lágrimas. Vivía en un mundo que había creado para sí misma porque el de verdad no le gustaba, y al mismo tiempo anhelaba ser capaz de vivir en él, formar parte de él. Era capaz de adaptarse a casi todo y aún así siempre parecía estar fuera de lugar. Los que la rodeaban parecían conocerla, saber lo que pensaba e incluso cómo se sentía, pero nadie la comprendía. ¿Era culpa de ella o de los demás?¿Acaso suponía alguna diferencia? El tiempo pasaba, la vida seguía su curso, pero ella sentía que el mundo giraba cada vez mas despacio, que el tiempo ya no avanzaba sino que se retorcía sobre sí mismo en un bucle sin fin en el que todos los días era iguales, excepto por una cosa: su alma cada día era un poco más pequeña, su corazón cada día un poco más seco, más frágil, como una hoja al final del otoño cuando hasta la más suave de las brisas s capaz de desgarrarla en pedazos. Sólo estaba esperando a ese día de viento.

What difference does it makes?

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Is today different from the Wednesday one week ago? I don’t think so. The weather might be different, the things you are doing might be slightly different, but, the whole thing, the important thing, is the same. You are the same. So, why is everybody so crazy about a new year? New year resolutions are one of the most ridiculous things I’ve ever heard about. Nobody keeps them. Eat better, do more exercise, work less, give up smoking, healthier lifestyle… and what for? To go through other 356 days in order to reach a new year so you can make more resolutions you won’t keep? Good luck, then! I’m busy enough trying to remember to write down the date right (I am still writing 2014 in every single paper). And I hate when people ask me about it. I flatly refuse to make a resolution for this or any other new year. Doesn’t that sound like a resolution itself? Anyway, if I made one, it would be to stop trying to understand what is in people’s heads. But I know I wouldn’t keep it since solving mysteries is part of my nature and it remains a mystery to me how people can behave they way they do. Their lack of responsability and common sense (which, apparently, is the less common of all senses), their disinterest and carelessness just shocks me so very much that, in some way, it intrigues me! You see? Nothing has changed from last year: I am still a naive confused woman and people are still mindless. So, let’s toast for this fake new year and all the changes that won’t happen!

Happy New Year to you all!

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¿Es hoy diferente al miércoles de hace una semana? No lo creo. Puede que el tiempo sea diferente, que las cosas que estés haciendo sean ligeramente diferentes, pero en general, en lo que de verdad importa, es lo mismo. Tú eres el mismo. Así que, ¿por qué se vuelve loco todo el mundo con el nuevo año? Los propósito de año nuevo son la cosa más ridícula que he oído en mi vida. Nadie los cumple. Comer mejor, hacer más ejercicio, trabajar menos, dejar de fumar, una vida más saludable… ¿Y para qué? ¿Para poder vivir otros 365 días y llegar al nuevo año para poder hacerte más propósitos que no vas a cumplir? Buena suerte con eso. Yo tengo bastante con intentar recordar escribir la fecha correctamente (sigo poniendo 2014 en todas partes). Y odio que la gente me lo pregunte. Me niego rotundamente a hacerme ningún propósito para este o cualquier otro año nuevo. ¿No suena eso a un propósito en sí mismo? Da igual. Y en el caso de que me hiciera uno, sería el de dejar de intentar entender qué le pasa a la gente por la cabeza. Pero sé que no lo cumpliría porque resolver misterios es parte de mi naturaleza, y para mí sigue siendo un misterio cómo la gente puede comportarse de la forma en que lo hace. Su falta de responsabilidad y sentido común (que, aparentemente, es el menos común de los sentidos), su desinterés y despreocupación me impacta tantísimo que, de cierta forma, me intriga. ¿Lo veis? Nada ha cambiado desde el año pasado: yo sigo siendo una ingenua y confusa mujer y a la gente le da todo  igual. Así que, vamos a brindar por este falso año nuevo y todos los cambios que no ocurrirán.

¡Feliz Año Nuevo!